"En el funeral de Huelva no se cerró ninguna herida, pero se sembró esperanza, se sembró memoria"
Escucha el monólogo de Irene Pozo en 'La Linterna de la Iglesia'
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Con el corazón encogido. Así estábamos ayer muchos, muchísimos, durante el funeral celebrado en el Palacio de los Deportes de Huelva por las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz. No cabía otra actitud, no cabía otra fórmula. Cuando el dolor es tan grande, cuando la ausencia irrumpe de forma tan injusta, solo queda el silencio compartido y la necesidad de despedir con cierta esperanza.
Lo expresaba con una lucidez sobrecogedora Liliana, hija de una de las víctimas: este era el único funeral que cabía en esta despedida. Un funeral religioso, porque cuando las palabras ya no alcanzan y el dolor desborda, la fe ofrece un lenguaje distinto. Un dolor que no solo era de las familias. Era de todos. De una ciudad, de una provincia, de un país que se reconoce vulnerable cuando la tragedia golpea de frente.
Fue una celebración muy emotiva, llena de dolor, sí, pero también de gratitud por la vida. Y la Iglesia ayer estuvo donde tiene que estar: junto a los que sufren. Reconociendo que el dolor no termina aquí. Aquí empieza el duelo. Porque aunque llegue un momento en que se silencie todo el ruido que ahora escuchamos y los titulares sean otros en los medios de comunicación, hay familias enteras que necesitan consuelo y necesitan saber la verdad.
Recordaba el obispo de Huelva, Santiago Gómez, que acompañar el duelo y reparar las consecuencias del daño recibido es tarea de toda la sociedad, y especialmente de quienes tienen responsabilidades públicas. “Solo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca cerrará”, decía Liliana. Y es que la verdad no es solo un deber moral, es también una forma de justicia y de consuelo.
El funeral de ayer no fue solo un acto de despedida, fue un compromiso. El compromiso de no olvidar. De acompañar más allá de este día. De no mirar hacia otro lado cuando el sufrimiento se sitúe lejos de los focos. Y de exigir verdad, porque sin verdad no hay reparación posible, ni paz para las conciencias, ni descanso para quienes lloran.
La Iglesia, al celebrar este funeral, ofreció presencia. Ofreció oración. Ofreció un lugar donde llorar juntos y donde la esperanza, aun frágil, pudo asomarse entre las lágrimas. Las preguntas no han desaparecido, pero se han colocado ante Dios, que nos recuerda que el amor es más fuerte que la muerte y que cada una de esas vidas perdidas tiene un valor infinito.
Ayer, en Huelva, no se cerró ninguna herida. Pero se sembró esperanza. Se sembró memoria. Y se sembró la convicción de que incluso en medio de la tragedia, la fe sigue siendo un refugio para quienes sufren, para quienes esperan justicia, y para quienes siguen buscando sentido cuando la vida duele. Es la certeza de que Dios no abandona nunca a sus hijos.