Paloma: "Tengo una suegra gallega de la Ría Baja, en su casa se come el mejor marisco y yo lo odio; hace ocho años fui incapaz de decir nada y ocho años más tarde sigo sin hacerlo"

La Hora de los Fósforos de este miércoles saca a la luz aquellas cosas de la audiencia que finge disfrutar, cuando en realidad detestan, y escuchamos hablar de marisco, canelones o incluso viajes culturales en familia

Patricia Blázquez Serna

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EHerrera en COPE, en la Hora de los Fósforos, ha planteado una pregunta directa a sus oyentes: ¿qué cosas fingen que les gustan, pero que en realidad detestan? La cuestión, lanzada por Alberto Herrera, ha abierto la puerta a una oleada de confesiones sobre compromisos sociales, familiares y laborales que se sobrellevan en silencio. Entre todas ellas, ha destacado la historia de Paloma, una oyente que mantiene un 'engaño' desde hace ocho años con la comida que le prepara su suegra.

El marisco, una 'tortura' de ocho años

Paloma ha relatado que su suegra, originaria de la Ría Baja gallega, tiene acceso al "mejor marisco del mundo" gracias a sus amistades en el sector de la pesca. El problema, según ha confesado, es que ella odia el marisco. "No lo puedo soportar", admitió. El conflicto se inició hace ocho años, cuando conoció a su suegra siendo novia de su actual marido. En aquella presentación, la anfitriona preparó un gran "despliegue con toda su generosidad de lo mejor que había, o sea, unas vieiras, unos percebes. No, indescriptible aquello".

La oyente ha explicado la presión que sintió en aquel momento: "Y yo me moría del asco, no lo puedo soportar, y no fui capaz de decir nada por educación", ha comentado en antena. Desde entonces, la situación se ha perpetuado y, a día de hoy, el secreto continúa. Paloma ha admitido que, a pesar de que su suegra es oyente de COPE, nunca se ha atrevido a confesar la verdad.

La animadversión de Paloma es tal que la describe como algo "psicológico", especialmente con algunos productos. "Como es psicológico, porque es el bicho, posiblemente los percebes", ha detallado. La calidad del producto que le sirven lo hace todo aún más complicado: "Unas vieiras del tamaño de mi mano, unas centollas que salen del plato, y yo no lo puedo soportar".

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Cultivo de mejillón en las rías de Galicia

Canelones, piedras y viajes culturales

La historia de Paloma ha resonado con la de María, una sevillana residente en Barcelona que lleva 18 años comiendo los canelones de su suegra en San Esteban, a pesar de considerarlos "malísimos". "Según sus hijos, son buenísimos", ha contado con resignación, afirmando que su suegra "cocina de carros". Su testimonio refleja el mismo tipo de compromiso familiar que obliga a fingir.

Los viajes también han aparecido como fuente de tensiones. Mónica ha compartido su experiencia en Pompeya, donde no pudo compartir el entusiasmo de su marido por la historia y la arquitectura del lugar. "Qué bonito, cuánta piedra, qué bonito el paso de peatones de Pompeya, precioso. Horroroso", ha ironizado. Su solución fue drástica pero efectiva: "Digo, ya no finjo más. Me voy, te espero fuera con 2 o 3 cervezas".

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Basílica en ruinas en Pompeya

Por su parte, Milagros ha descrito su agobio durante una visita a unas bodegas en Logroño, donde el ambiente y la cata de vinos se convirtieron en un suplicio. "Estaba deseando que, ay, qué rato, qué rato más malo pasé", ha recordado sobre una experiencia que prometió no repetir jamás.

Sin embargo, el ámbito laboral no se libra de estas situaciones. El caso más llamativo ha sido el de Miguel Ángel, un repartidor en Madrid que ha confesado detestar su principal herramienta de trabajo: "Conducir, conducir lo detesto", ha sentenciado. A pesar de ello, lleva nueve años en el oficio. "Lo justifica mi nómina, no me queda otra", ha explicado, añadiendo que "cada día me gusta menos" debido al tráfico de la capital".

Este contenido ha sido creado por el equipo editorial con la asistencia de herramientas de IA.