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Luis del Val, sobre las palabras de Hamás a Sánchez: "No me cabe en la cabeza"

Explica el profesor que "su soberbia es bastante superior a su compasión, y sus intereses y compromisos políticos pasan por encima de cualquier sentimiento humanitario"

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Luis del Val

Colaborador

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 12:28

Veo a esa niña de 4 años, que fue secuestrada el mismo día que asesinaron a sus padres, y no puedo evitar pensar que fuera una de mis nietas, y que su abuela y yo la recibiéramos, y que nos preguntara dónde están su mamá y su papá. Y, entonces, me imagino que han asesinado a mi hijo y a mi nuera, o a mi hija y a mi yerno, y que tengo que explicarle a esta criatura -que ha vivido aterrorizada en un sótano durante casi dos meses- que se han marchado a un largo viaje y que tardarán en volver, mientras a su abuela, a mi mujer, le estremecen los sollozos, y se abraza a la niña como si fuera el salvavidas en las aguas tormentosas del horror, como si fuera la única cuerda a la que sujetarse en una vida que, si tampoco estuviera ella, carecería ya de sentido.

Veo a esa niña de cuatro años, que los cumplió sin tartas, ni canciones, con agua y arroz, y noto que no le han borrado la inocencia de su rostro, que todo le parece asombro, como si los secuestros fueran un juego… y me acuerdo de Roberto Benigni en “La vita e bella”, intentando que el secuestro, el campo de concentración, el asesinato y la tortura, parecieran un juego, una simulación, un entretenimiento, y que hasta las descargas de los fusilamientos intentaran ser tomados como parte de la diversión.

Veo a esa niña, que todavía ignora que le han destrozado la vida a su familia, y maldigo a todos los que asesinan y trituran vidas, buscando la excusa de una ideología, montándose en el monstruoso caballo que galopan intentando creerse que los fines justifican los medios, y a todos los que les bendicen, y a todos los que les admiran, y a esos engendros humanos, que aprovechan el dolor real de las personas para convertirlos en mercancía de sus intereses políticos.

Y no me cabe en la cabeza que nadie, absolutamente nadie, pueda recibir una felicitación de esos terroristas, que mataron a los padres de esa niña de cuatro años, y después la secuestraron, sin una reacción celérea, sin una protesta indignada, sin una muestra de rechazo. Y si el felicitado no lo ha hecho -o no lo hace, en las próximas horas- será una prueba pública e irrefragable, de que su soberbia es bastante superior a su compasión, y sus intereses y compromisos políticos pasan por encima de cualquier sentimiento humanitario. Repito: hu-ma-ni-ta-rio.

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