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Luis del Val: "Echamos la culpa al cielo, como si no fuera nuestra, por creer que el agua es infinita"

El profesor recuerda su infancia a las orillas del Ebro y el problema de escasez de agua actual

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Luis del Val

Colaborador

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 10:59

Hace unas catorce horas, en Madrid, Carlos Doñamayor presentaba su último libro de poemas, y su voz serena decía: “Cuando la lluvia cede de golpe, deja de ser, muere, como la noche misma cuando queda paralizada en la nada”. El libro se titula precisamente “Cuaderno de lluvia” y yo, ayer, por la noche, ignoraba que la lluvia sería, precisamente, la protagonista de este programa.

Nací a orillas del Ebro, pero los ríos de mi infancia son el Piedra, el Manubles y el Jalón, en el que los dos primeros desembocan, al juntarse en Ateca. El río Piedra, esculpe grutas y cascadas por el Monasterio de Piedra, mientras el Manubles, llega cansado desde Soria, patria también del Jalón, que hasta desembocar en Zaragoza alimenta centones de huertas por toda la provincia.

Recuerdo la mirada esperanzada de mis tíos, cuando venía temporal, y la tierra estaba en tempero, y la expresión airada, cuando el agua blanda y monótona, se volvía dura piedra, y machacaba las flores antes de ser fruta, y agujereaba las hojas de las vides, como si fueran de papel, y arruinaba las cosechas, y ante esa agua vengativa, convertida en hielo, vi más de una vez asomar otra agua, el agua salada de una lágrima, que se deslizaba con dolor por las curtidas mejillas de mis tíos, desde unos ojos que habían visto la guerra, que conocían las atrocidades de la tragedia entre hermanos, pero que no podían sofocar la emoción de ver, en media hora, arruinado el trabajo de todo un año.

A principios del siglo pasado, ignoro si en Chile o en Méjico, escribió Gabriela Mistral: “Quiero volver a tierras niñas; llévenme a un blando país de aguas. En grandes pastos envejezca y haga al río fábula y fábula. Tenga una fuente por mi madre y en la siesta salga a buscarla, y en jarras baje de una peña un agua dulce, aguda y áspera.

Me venza y pare los alientos/el agua acérrima y helada. Rompa mi vaso y al beberla/ me vuelva niñas las entrañas”. Vivo en una tribu que gasta entre 400 y 500 litros de agua potable para que la chapa de un automóvil, que no tiene sed, reluzca limpia. Y donde las duchas de los vestuarios fluyen sin nadie, y los grifos de las casas se quedan abiertos, y creemos con insolencia que el agua es barata. Y echamos la culpa al cielo, como si la culpa no fuera nuestra, por creer, como estúpidos, que el agua es infinita.

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