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Algunas consideraciones sobre el crimen yihadista de Algeciras

Cadáver del sacristán en la plaza de la Palma de Algeciras

Cadáver del sacristán en la plaza de la Palma de Algeciras

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Desde los atentados del 11-S que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York, provocando la muerte de casi tres mil personas, pocos fenómenos de violencia han sido tan estudiados como el terrorismo yihadista y el islamismo radical como ideología. Sin embargo, no han quedado claras todavía, para muchos, las diferencias entre la práctica del Islam como religión y el extremismo violento que algunas organizaciones e individuos aislados han asumido en función de una interpretación literal de algunos preceptos aislados contenidos en el Corán, como es la "Yihad" o "guerra santa". Se añaden a ellos las prácticas inhumanas de los Estados autocalificados de "islámicos" (Afganistán, Irán, Pakistán, Arabia Saudita...) que imponen un Islam ideológico basado también en la imposición de algunas aleyas del Corán y de las que son víctimas las mujeres especialmente, así como las minorías religiosas.

Conviene aclarar que el término "yihad", tantas veces repetido en el Corán, se refiere, en primer lugar, al esfuerzo que todo musulmán está obligado a hacer para crecer en vida interior y piedad, mientras que, en segunda instancia, es aplicado por el "yihadismo" como una supuesta defensa del Islam convertida por los terroristas en ataques preventivos, cuando no vengativos, contra otro tipo de fe. Esta última acepción deriva, a su vez, en un fanatismo obsesivo que impulsa a imponer un Islam radical a los "infieles", tanto musulmanes "tibios" como a practicantes de otras religiones. Lo vemos cada día en diversos países africanos donde se han refugiado los restos de organizaciones terroristas como "Al Qaaída" o el "Estado islámico" desalojados del Oriente Medio aunque persistan movimientos afines como los Hermanos Musulmanes o los salafistas. Lo que no puede confundirse, en todo caso, es a un musulmán con un "yihadista" ni a un "yihadista" con un musulmán por mucho que estén emparentados.

Quienes hemos vivido largos años en países islámicos donde, en cambio, se practica la tolerancia como Marruecos (que no ha escapado tampoco al extremismo), sabemos muy bien con qué respeto tratan la mayoría de los musulmanes a los cristianos que viven en coherencia con su fe. Afirmaba recientemente a este respecto el Papa Francisco, que los verdaderos creyentes son los que protegen los derechos de los demás con la misma fuerza con la que defienden los suyos, "porque el único extremismo que un creyente puede aceptar es el del amor".

Esta idea es la que se desarrolla en el histórico documento sobre la Fraternidad Humana, firmado por Francisco y el imán de El Azhar en Abu Dhabi hace ahora cuatro años, en el que se asevera que la fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. "Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos —iguales por su misericordia—, el creyente está llamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres".

Como es bien sabido, el documento condena sin ambages "el terrorismo execrable que amenaza la seguridad de las personas, tanto en Oriente como en Occidente, tanto en el Norte como en el Sur, propagando el pánico, el terror y el pesimismo no es a causa de la religión —aun cuando los terroristas la utilizan—, sino de las interpretaciones equivocadas de los textos religiosos". Y añade: "Por esto es necesario interrumpir el apoyo a los movimientos terroristas a través del suministro de dinero, armas, planes o justificaciones y también la cobertura de los medios, y considerar esto como crímenes internacionales que amenazan la seguridad y la paz mundiales. Tal terrorismo debe ser condenado en todas sus formas y manifestaciones". Ahora que estamos tan conmocionados por los atentados de Algeciras cometidos por un obseso yihadista con antecedentes de desequilibrio mental, vale la pena volver la mirada a la declaración de de Abu Dhabi para despejar dudas e incomprensiones a propósito de lo que piensan musulmanes y cristianos sobre la fraternidad humana.

Pero aquí y ahora, es necesario destacar una realidad que suele pasar inadvertida: el equívoco que cometen los yihadistas al considerar el mundo occidental como "el mundo cristiano", enemigo del Islam, cuando lo que impera en Occidente es un laicismo cada vez más radical que está imponiendo una ideología abiertamente opuesta a la fe cristiana e, incluso, a principios éticos y morales que han definido la civilización occidental desde la conversión de Constantino.

Este laicismo mal entendido (nada que ver con una sana laicidad), ha confundido la libertad religiosa inherente a las democracias, con una mera libertad de culto como cobertura de un nuevo orden mundial que subvierte la dignidad humana y ataca de raíz las creencias religiosas. En el fondo, se está utilizando, casi a marchas forzadas, la aconfesionalidad de los Estados para servirse de ella y atacar abiertamente los principios cristianos con leyes educativas y sociales de signo contrario. Algo que, por paradójico que parezca, se parece mucho a a lo que ocurre en los propios países islamistas donde se obliga a los creyentes a aceptar normas contrarias a la libertad y a la dignidad humana. Así, mientras Occidente se paganiza, el "Oriente" islámico se reafirma en sus creencias con la "ayuda" violenta de un radicalismo teocrático que aterroriza a los propios musulmanes.


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