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Carta semanal de Monseñor Jesús Fernández- "El botellón explota"

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Ponferrada

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 19:06

Carta semanal de Monseñor Jesús Fernández, obispo de Astorga: "El botellón explota"

EL BOTELLÓN EXPLOTA

Hace unos días me decía un sacerdote amigo: “Creo que, después de la pandemia, el transhumanismo va a tener difícil defender sus tesis” (esta corriente cultural defiende que el ser humano puede ser mejorado en sus capacidades físicas, intelectuales y psicológicas, gracias a la tecnología). Si la pandemia nos ha demostrado efectivamente que un diminuto virus puede acabar con la vida humana, poniendo así en evidencia nuestros límites a la hora de garantizar su dimensión física, ¿qué decir del control de la conducta? Lo digo a propósito del botellón que se está poniendo de moda últimamente.

Fue a mediados del mes de septiembre cuando se produjo su máxima eclosión. En concreto, en el fin de semana que va del 17 al 18, en Barcelona, con la excusa de la fiesta de la Mercè, es decir, de la Virgen de la Mercè, se reunieron unos cuarenta mil jóvenes; en Madrid, bajo el pretexto de la celebración del comienzo de curso, fueron unos treinta mil; también en otras ciudades más pequeñas –en algunas se consideraba ya erradicado- hubo concentraciones similares, aunque inferiores en número.

El objetivo no era otro que el de desahogarse a través de la bebida (sin excluir la borrachera) y, para algunos, a través de actos vandálicos: agresiones a la policía, y, sobre todo en Barcelona, destrucción de mobiliario urbano y de distintas instituciones públicas y privadas.

El fenómeno, por su magnitud, ha sorprendido a propios y extraños, lo que ha llevado a plantear sus causas. Principalmente se lo liga a la pandemia. Se dice que los jóvenes de entre 18 y 24 años son los que más se han sentido decaídos y desesperanzados, los que más han sentido miedo o preocupación porque la sociedad no va a volver a ser como antes, los que más han sentido pánico o ansiedad, los que más han llorado…

Una de las características más propias de los jóvenes de hoy es la dificultad para diferir la satisfacción. Víctimas de una publicidad engañosa y del mono consumista, el joven necesita todo y ya. El prolongado espacio de tiempo en que han sufrido la prohibición de las concentraciones les ha creado una cierta conciencia de haber perdido el tiempo y de tener que recuperarlo como sea. Se suma a esto la ausencia de barreras éticas y la nula solidaridad con aquellos que se pudieran ver afectados por su irresponsabilidad a la hora de apiñarse sin guardar las distancias y de descartar el uso imperado de la mascarilla.

¿Qué hacer, pues, ante esta situación de descontrol? Está claro que no basta con acumular agentes de policía. Habrá que exigir a nuestros dirigentes políticos y sociales que no se rían de aquellas normas y leyes que luego quieren imponer cuando la cosa se sale de madre. Ciertamente alguno de ellos demuestra una falta total de respeto a la legalidad, quedando en consecuencia deslegitimado moralmente para hacer cumplir cualquier mandato, aunque pretenda garantizar el orden y el bien común.

Creo que no hay soluciones inmediatas. Atendiendo al principio bergobliano de que el tiempo es superior al espacio, es preciso iniciar procesos educativos que, comenzando por la familia, continuando por la escuela, y siguiendo por otras instituciones, sean capaces de garantizar un rearme ético de nuestros niños y jóvenes, de despertar a la solidaridad, y de facilitar experiencias de una vida más austera, responsable y comprometida con el bien común.

Recibid mi bendición.



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