Agua congelada, movimiento del ganado: así sobreviven los ganaderos a temperaturas bajo cero
La trashumancia y la experiencia son claves para proteger al ganado frente a las bajas temperaturas
Jaca - Publicado el
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El invierno pone a prueba al sector primario como pocas cosas. Cuando llegan las heladas, el frío extremo y el agua congelada, el trabajo de los ganaderos se multiplica y las decisiones se vuelven diarias y urgentes. En ese contexto, la trashumancia continúa siendo una herramienta esencial. Luis Casajús, ganadero del Valle de Hecho, ha vuelto a trasladar su ganado al sur de Huesca para esquivar las peores inclemencias y explica cómo se sobrevive en el campo cuando el termómetro cae bajo cero.
Del Pirineo al sur de Huesca para pasar el invierno
Luis Casajús atiende la llamada lejos de su valle. Este invierno no se encuentra en el Valle de Hecho, sino en el municipio oscense de Lanaja, al sur de la provincia. “Estamos aquí pasando el invierno con los animales después de una trashumancia”, explica. El traslado forma parte de la rutina de muchos ganaderos para escapar del mal tiempo propio de las zonas de montaña.
“La trashumancia es algo habitual y uno de los factores principales para hacerla es huir de las inclemencias del invierno”, señala. En comarcas como la Jacetania, diciembre y enero pueden traer nevadas importantes o heladas fuertes que dificultan enormemente el trabajo diario.
Rebaño de Luis Casajús en el sur de Huesca para paliar las bajas temperaturas
Más de 2.600 cabezas de ganado en movimiento
El desplazamiento no es menor. Casajús mueve alrededor de mil cabezas propias, entre las suyas y las de su padre, y además cuida ovejas de otros ganaderos del Valle de Ansó. En total, un global de unas 2.600 cabezas de ganado que pasan el invierno fuera de la montaña.
Estos días atrás también se nos han helado los bebederos y se nos ha reventado alguna llave de agua"
El objetivo es evitar la estabulación invernal y los problemas que genera el frío. “Se te hielan los bebederos, se te hiela todo”, resume. Aunque en el sur de Huesca las condiciones son más suaves, el frío sigue presente. “Estos días atrás también se nos han helado los bebederos y se nos ha reventado alguna llave de agua”.
Cuando el hielo obliga a cambiar el manejo
Las heladas modifican por completo la organización diaria. “El manejo en el campo, los días de hielo, frío y algo de nieve, tiene que variar”, explica. Hay jornadas en las que no es posible salir a pastar. “Algún día hemos tenido que suministrar paja o forraje porque no se puede salir al campo”.
El frío intenso afecta tanto a los animales como a las personas que trabajan con ellos. “Los ganaderos que estamos en el campo, lo primero que tenemos que hacer es abrigarnos más y mentalizarnos. Hay días de frío, de aire gélido, que tienes que aguantar bien equipado”.
Proteger al ganado y reducir su exposición
El objetivo es que los animales sufran lo mínimo posible. “Intentas que por la noche duerman en sitios reabrigados, como una corraliza o una nave”, explica. Durante el día, se busca reducir el tiempo a la intemperie. “Que salgan solo las horas necesarias a un alimento proteico y energético”.
“Si pueden comer en cuatro horas mejor que en seis”, resume. “Antes comen y se hartan, antes a retiro”. Aun así, reconoce que el frío extremo se nota. “En días muy gélidos ves que los animales se frenan, se van un poco para atrás”. Pero no queda otra: “Son días de guerra y hay que aguantarlos como vengan”.
Más frío, más gasto
Las bajas temperaturas también suponen un sobrecoste económico. Casajús recuerda especialmente el invierno de la nevada de Filomena, cuando el temporal sorprendió al ganado en los Monegros. “Tuvimos que suplementar con pacas de alfalfa y de restojera de maíz”.
En una semana nos gastamos lo que normalmente en el campo gastaríamos en dos semanas o dos semanas y media"
El impacto fue inmediato. “En una semana nos gastamos lo que normalmente en el campo gastaríamos en dos semanas o dos semanas y media”. Un gasto inevitable. “No nos queda otra que echarles de comer a los animales y que lo pasen de la mejor manera posible”.
Pendientes del tiempo, los 365 días del año
El campo no se detiene nunca. “Los animales tienen que comer y beber los 365 días del año”, recuerda. Por eso, cada jornada comienza igual. “Nos levantamos por la mañana y miramos el tiempo en el móvil o miramos al cielo”.
El trabajo está condicionado por múltiples factores. “Cada día o cada temporada es diferente y tenemos que ir adecuándonos”. Influyen la época del año, si el día es más largo o más corto, la climatología o cómo responden los animales a determinados alimentos. “Es una carga mental diaria, pero la sobrellevamos. Tenemos que pensar mucho a corto plazo y mucho a largo plazo para que las cosas funcionen”.
Tecnología útil, pero con límites
La tecnología ayuda, pero no soluciona todo. “Hoy en día tenemos muchas aplicaciones que nos dicen qué tiempo va a hacer”, explica. Pero hay realidades inamovibles. “Que se congele el agua o no es matemática de toda la vida. Si se congela, hay que descongelarla”.
La experiencia y la previsión son claves. “Con los años vas cogiendo malicia. Si veo una mala previsión, me aprovisiono de comida, busco tener agua en sitios más cálidos, como depósitos dentro de la nave, donde el calor de los animales evita que se hiele”.
Aun así, el tiempo manda. “Siempre te pueden venir diez días perros en invierno que te hacen bailar al son que te marca el tiempo”.
Lecciones aprendidas desde la infancia
Casajús recuerda escenas de su niñez que reflejan la dureza del oficio. “De crío hemos tenido que bajar los animales a beber al río o al barranco más cercano porque no había manera de deshelar las mangueras”.
Con ocho grados bajo cero, descongelar cientos de metros de tubería podía llevar todo el día. “A las tres de la tarde igual no habías acabado y a las cinco empezaba a llegar algo de agua”. Cuando por fin llegaba, “los animales se tiraban de cabeza y se montaba una montonera terrible”.
La solución era tan sencilla como agotadora: “Lotes por lotes al barranco a beber, luego después de comer otra vez a beber”. “Circenses y comedias muchas”, admite, “pero es lo que toca en estas fechas”.
Cuándo se regresa a la montaña
La trashumancia tampoco tiene fechas cerradas. “Solemos llegar aquí a primeros de diciembre y a finales de abril o primeros de mayo empezamos a subir poco a poco”, explica. Todo depende del tiempo en la montaña. “A veces podemos subir una semana antes, otras tenemos que retrasarlo diez días”. La climatología lo marca todo. “El cielo nos va marcando un poco la fecha”, resume.
El testimonio de Luis Casajús pone voz a una realidad poco visible. La ganadería extensiva, clave para el territorio y el medio rural, se enfrenta cada invierno a agua congelada, frío extremo, movimiento del ganado, sobrecostes y decisiones constantes. Y aun así, como recuerda el propio ganadero, el trabajo no se detiene nunca: los animales dependen de ellos cada día del año.