
Jaén - Publicado el - Actualizado
4 min lectura
Puede resultar desconcertante que durante la octava de la Navidad también se celebre a tres mártires. Esto refleja la estrecha relación entre las dos principales octavas (el número ocho para la cultura helénica significa perfección): de Navidad y de Pascua, Belén y el Gólgota; Jesús de Nazaret nace para redimirnos. La liturgia de la Iglesia, después de la alegría y la ternura del nacimiento del Niño-Dios, presenta al primer mártir: san Esteban (“Stephanos”), converso de origen griego al que apedrean los judíos de las sinagogas de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, mientras perdona: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”.
Pasados dos días, los santos inocentes representan a los infantes mártires de Belén (“no hablando, sino muriendo”) por orden de Herodes, para eliminar al rey de los judíos; episodio que nos recuerda la aberración de 70 millones de abortos en el mundo cada año. Tres días antes de finalizar la octava de Navidad, el 29 de diciembre, se celebra al mártir Tomás Becket (1118-1170); uno de los personajes más fascinantes y polifacéticos que nos ha legado la Edad Media europea. Este político y santo londinense hace valer sus firmes convicciones en las entonces tensas relaciones entre la Iglesia y el poder monárquico absolutista. Su familia, de procedencia normanda, se asienta en Londres; su padre trabaja como administrador de las propiedades reales; pone en contacto a su hijo con el séquito de Teobaldo, el arzobispo de Canterbury. En esta ciudad adquiere una sólida formación cultural, política y religiosa, relacionándose con el filósofo y teólogo Juan de Salisbury. El prelado le envió a completar su formación jurídica a las escuelas europeas más importantes: París y Bolonia. Para sus contemporáneos, Becket destacó por su brillantez intelectual y la habilidad en la conversación; su honradez de vida, dedicada al estudio y la oración acrecentaron su prestigio, por lo que fue nombrado arcediano de Canterbury. Enrique II de Inglaterra tenía veinte años cuando heredó el trono del rey Esteban I; aunque sus padres eran Godofredo V de Anjou y la emperatriz Matilde. Enrique II Plantagenet admiraba a Becket —quince años mayor—por su sabiduría, sagacidad y templanza, que cubría todas sus deficiencias en el gobierno, creándose entre ellos una estrecha amistad. De ahí que le nombrara canciller de Inglaterra; la segunda autoridad del reino.
Las diferencias comenzaron porque Tomás era partidario de implantar la reforma gregoriana (Gregorio VII) en la Iglesia de Inglaterra, para preservar su independencia de los deseos absolutistas regios. Al fallecer el arzobispo Teobaldo, el mandatario dispuso que Becket ocupara el primado de Canterbury, para asumir la Corona el control de la Iglesia. Tomás rechazó durante un año ese ofrecimiento, hasta que por insistencia del gobernante accedió: se ordenó sacerdote y fue consagrado obispo. La relación con su amigo se enfrió cuando renunció al cargo de canciller porque: “Nadie puede servir a dos señores”. Discutían sobre la competencia de la jurisdicción civil o eclesiástica para conocer los delitos de los clérigos. El mitrado abogó en el Concilio de Westminster que nadie podía ser juzgado dos veces por el mismo delito. En el Concilio de Clarendon, el monarca estableció unas constituciones por las que sometía a la Iglesia al poder del Reino, como con Enrique I.
Ante la situación insostenible, el primado se exilió a la abadía de Pontigny (hasta que el soberano confiscó sus bienes); luego se trasladó al cenobio de Sens. En esas circunstancias fue recibido con agradecimiento por Luis VII de Francia y el papa Alejandro III. El primado cantuario excomulgó al obispo de Londres, Gilbert Foliot y al obispo Roger de York, al asumir las constituciones regias y coronar inválidamente a su hijo (Enrique el Joven), en sede distinta a la establecida canónicamente. El día de Navidad en la catedral de Canterbury, Tomás Becket anunció estas excomuniones y advirtió a su Majestad de dicha pena si ejecutaba las Constituciones de Clarendon. El iracundo gobernante, al no poder doblegar la integridad moral y la fidelidad a Dios de Tomás Becket, instigó a cuatro secuaces para asesinarle. Se disponía a celebrar el Sacrificio del Altar, y él mismo se ofreció como víctima en la sede catedralicia de Canterbury: “Muero gustoso por el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia católica”. ¡Qué buen vasallo sería, si hubiese tan buen señor!



