Las Divinas Palabras de Ernesto Medina. Hoy: Llueve en Jabalcuz

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Redacción COPE Jaén

Jaén - Publicado el - Actualizado

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Ha llovido. Con abundancia. De manera pausada para que la tierra absorbiese toda el agua. Las cumbres de las sierras acumulan nieve que, en su momento, derretida por el sol, aumentará el caudal de ríos, manantiales y veneros. Los pantanos han dejado de ser cacerolas vacías en cuyo culo se había pegado el légamo quemado por la sequía.

Eran tan necesaria la lluvia que ha dejado sin sentido el adagio de que nunca llueve a gusto de todos. Aunque la Semana Santa se ha quedado en agua de borrajas, hemos de suponer que hasta los más devotos aceptan el trueque de prescindir de las procesiones a cambio de contabilizar cuántos litros por metro cuadrado han caído. El campo rezuma un verdor obsceno, salvaje, vivificante.

El líquido elemento ha limpiado la atmósfera, aliviado a los alérgicos. Propicia una buena cosecha de aceituna, fundamental en la economía de nuestra provincia. No consigue, si embargo, eliminar el pesar de mi alma. Cual si una nube negra que no descarga me cegara cualquier visión optimista, constato, abatido, la vergüenzas al aire que nos dejan las precipitaciones.

Lejos hemos estado de las lluvias perpetuas de Macondo que García Márquez contaba en “Cien años de soledad”. No obstante, en la Avenida de Arjona se ha abierto un socavón. En Los Cañones se ha perdido parte del recién inaugurado sendero. Debería llover hasta que se ablanden los adoquines, he oído decir a los ancianos giennenses. O ha llovido más que el día que enterraron a Zafra, que el ataúd era de plomo y flotaba. Me uniría gozoso a los deseos si no fuera porque me temo que vendríamos a darles la razón a quienes sostenían que la Atlántida estaba en Marroquíes Bajos. De nuevo convertidos en una ciudad sumergida por el agua. También por el abandono.

El Ojo del Buey vuelve a echar agua. El caminante que guía sus pasos hasta las termas de Jabalcuz contempla un torrente sonoro y bravío. Y verá también unas ruinas sin rehabilitar en las que el caudal vuelve a llevarse proyectos, reformas, rehabilitaciones. Promesas licuadas de recuperar el balneario. Las aguas de Jabalcuz no nos lavan. Ni consuelan con su temperatura tibia. Escupen sobre nuestra cara la desidia con la que tratamos las riquezas que nos dio la naturaleza y que dilapidamos ignorantes y brutos. Los torrentes de Jabalcuz son las lágrimas de una ciudad que no nos merecemos.

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