
Jaén - Publicado el - Actualizado
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Cada vez que ponía un examen yo era un profesor de latín feliz y confiado. Las posibilidades de que un alumno copiase una traducción de César eran nulas. ¿Qué chuleta le iba a proporcionar semejante información? Imposible. Ni siquiera un trabajo de miniaturista hubiera podido camuflar la Guerra de las Galias en el diccionario. Tanta era mi confianza que a veces incluso dejaba vagar mi mente o me ponía a leer. Cabía la posibilidad de que entre ellos se ilustrasen, pero a posteriori los errores parejos los delataban. Era innecesario un postrer interrogatorio para averiguar quién era el beneficiario, quién el altruista donante. Las similitudes en el modus operandi obligaban a que en un gesto de nobleza el reo librase del castigo al que sí sabía traducir correctamente un ablativo absoluto.
Cercana ya para mí la hora del cierre, en un instante me han desmontado mi crédula seguridad. De pronto he visto que una alumna bajaba mucho la mirada como si buscara la inspiración de un infinitivo pasivo en las rodillas. Lo que cobijaba entre las piernas era un móvil en el que con destreza de hondero hispano había tecleado el texto del divino Julio. Cuando la hube sorprendido, se aprestaba a poner punto final a una traducción impecable, digna del mejor latinista. “Era sólo -con tilde, que yo soy de los integristas- una palabra en la que tenía dudas”. No ha habido más diálogo al comprender que el asunto estaba resuelto con veredicto de culpabilidad.
Al contárselo a mis hermanos han añadido que este suceso era peccata minuta con los problemas que tendremos para evaluar a nuestros alumnos una vez que la inteligencia artificial es ya una aplicación común en los móviles. “Dime sobre qué quieres un trabajo en dos minutos”. Por seguir con los latines he solicitado un estudio de los personajes de las comedias de Plauto. Jesús ha tecleado la petición en ChatGPT. En veinte segundos tenía un resumen de 324 palabras. El acabose.
He sonreído. “No tan deprisa. Pregúntale por el tranvía de Jaén”. El cursor parpadeaba. Escribía un texto ininteligible que inmediatamente borraba. La pantalla se fundió en negro. Jesús tuvo que reiniciar el móvil. “Observa cómo todavía hay misterios inextricables para la computación”. Para celebrar la derrota de la máquina nos hemos abierto unas Alcázar Leyenda de la que el programita en cuestión nos ha dado graduación, características organolépticas y consumo responsable recomendado. Antes de que nos hubiere dicho si era igual que la antigua lo hemos cortado. ¡Que todo tiene un límite!
Palabras, divinas palabras



