OPINIÓN

Las Divinas Palabras con Ernesto Medina. Hoy: La derrota ante el Antequerano

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Antonio Agudo

Jaén - Publicado el - Actualizado

2 min lectura

Mi madre nos preguntó qué queríamos comer el domingo. Mi hermano Ismael y yo llegaríamos a media mañana para estar un rato con nuestros padres, comer con ellos y bajarnos con tiempo a la Victoria para disfrutar del ambiente de un día inolvidable. “Pollo al horno con patatas y manzanas asadas”. Los pequeños de la casa se ponían celosos con las atenciones que mi madre nos prodigaba a los hijos forasteros. “Os he preparado unas croquetas congeladas para las cenas. También unas tabletas de chocolate Atlántic con almendras”. Durante la comida nos preguntaron por los exámenes finales, que ya eran inminentes. Sin embargo, enseguida volvía la conversación al partido de esa tarde, “el Jaén ganó el domingo pasado fuera al Alcoyano cuatro cero y eso que iban quintos. Esta tarde con el Antequerano, ¡el antepenúltimo!, es un paseo”. Mi padre, prudente y con más experiencia que nosotros, apelaba al sosiego, “puede ser, pero el partido hay que jugarlo. No nos precipitemos”.

Mi ardor juvenil no comprendía aquellas precauciones. Él había visto al Real Jaén en primera. Igual de ilusionado que nosotros, no daba rienda suelta a la euforia: los años y el haber vivido la Guerra Civil. Por el contrario, yo no había sacado billete de autobús para el domingo. Pensaba celebrar el triunfo. Ya veríamos el lunes cuándo aparecía por la facultad. Un ascenso bien justificaba una nona.

Nos fuimos pronto al campo. Los aficionados bajaban en riada por el Paseo de la Estación. El tráfico de la calle Virgen de la Cabeza estaba cortado. La gente se abrazaba. En neveras llenas de hielo había botellas de cava. Buscamos sitio en la última fila de preferencia, lo más centrados posible. Para no perder detalle de aquella tarde de gloria.

No recuerdo casi nada. Incluso durante mucho tiempo he pensado que perdimos uno cero y que el gol fue en propia puerta. Consultada la hemeroteca, queda constatado que fue uno dos. Todavía a estas alturas sigo sin querer bucear en los detalles del encuentro. Sólo recuerdo la mano de mi padre en mi hombro y a un señor que, descorchada la botella de cava, la estaba vaciando en las gradas del estadio. La imagen de la desesperación. Comprendí cuántas amarguras me quedaban por pasar. No dormí pensando que debía de haber maneras menos dramáticas de comprender qué era la vida. No llevaba razón mi madre con sus intentos de consolarnos. Aquello era más que un partido de fútbol y habíamos perdido. Una cicatriz que todavía me supura.

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