OPINIÓN

Las Divinas Palabras con Ernesto Medina. Hoy: El Callejón de las Uvas

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Antonio Agudo

Jaén - Publicado el - Actualizado

2 min lectura

Atarazana es un vocablo sonoro. Cinco “aes” para gritar al idioma que aquí estoy yo. Como en aquellos juegos infantiles en que te quedabas con el empollón de la clase, “¿dime un animal con cuatro “úes”?”. Después de dejarlo repasar un rato la fauna mundial le soltabas con una risita, “cucudrulu”. Pero bondadoso le ofrecías una oportunidad de redención, “¿y con seis?”. Ante su silencio desesperado lo machacabas con la solución, “utru cucudrulu”.

Lo de las atarazanas es más serio. Obviamente con tanta vocal abierta es palabra de origen árabe que según el diccionario de la Real Academia es sinónimo -con el mismo origen etimológico- que arsenal. En Jaén hay una calle Atarazanas y una plaza de mismo nombre. Quizá la denominación provenga porque también significa el emplazamiento en que trabajan los fabricantes de márragas -tela de estopa o cáñamo- y a la plaza que nos ocupa se llega exclusivamente por la calle de los esparteros, la popular calle Espartería.

Sin embargo, en mi familia ese callejón, que lleva a una de las entradas del mercado de abastos, siempre fue conocido -igual que para otros muchos giennenses- por el callejón de las uvas. Allí mi madre compraba las especias en una tienda pequeña de donde llegaban a nuestra casa en cartuchos de papel de estraza el pimentón, la nuez moscada, el orégano, la pimienta molida, los cominos y en cajitas de cristal el producto que daba nombre al establecimiento, el Azafranero.

Uvas no vendía, quizá pasas o dátiles, pero dudo mucho de que la denominación popular se deba a la tienda. Me atrevo a sugerir, por decir algo, que el Vocabulario Andaluz de nuestro paisano Alcalá Venceslada proclama que atarazana también se refiere al paraje donde se guarda el vino en toneles. Cualquiera sabe.

El caso es que el domingo pasado mi hermano Ismael y yo acabamos con mi madre sentados al sol en la terraza de un bar de la plaza Atarazanas. El camarero, dicharachero, al que sólo cabe reprocharle que no tuviera vermú Valpini, nos explicó que las familias con niños lo frecuentaban porque jugaban a la pelota en un hueco que pomposamente cuando se remodeló la plaza en 2009 pretendió ser un pequeño anfiteatro, hoy pendiente para monopatines o inservibles porterías ovaladas de fútbol.

¡Qué lástima! Un lugar que pone de suyo el encanto del nombre sólo necesita algunos árboles -naranjos o limoneros- y una fuente de agua cantarina para que tengamos un recoleto lugar de esparcimiento. Aporten los ediles un poco de imaginación que haga justicia al sitio, el callejón de las uvas, donde el azafranero.

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