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J. L. RESTÁN | LÍNEA EDITORIAL

Siria, seis años de fracaso

 San Juan Pablo II dejó escrito en algunos de sus textos sobre la comunidad internacional que llegaría un día en que, igual que había sucedido durante el proceso de conformación de los Estados nacionales, los conflictos dejarían de afrentarse con el recurso a la guerra si se asentaban los principios del derecho internacional hasta convertirlos en normas con poder coactivo.

La guerra en Siria demuestra que estamos muy lejos de alcanzar este escenario. Tras seis años de muerte, destrucción y barbarie, la cuenta de resultados es terrible. Si en algo estamos de acuerdo es en que podemos y debemos reconocer el fracaso. Ni el régimen de Asad, ni los insurgentes, ni Rusia, ni Estados Unidos, ni la Unión Europea, ni los países árabes han conseguido resolver un conflicto cuyas víctimas están muertas, vagan por el mundo o viven recluidas bajo las bombas.

Lo que hasta hoy ha sido un fracaso, podría revertirse si las partes llegasen a un acuerdo que necesita altas dosis de contundencia y muchas horas de diálogo. Frente a las voces que banalizan la función de Naciones Unidas en el contexto internacional, la realidad exige fortalecer la función mediadora de un órgano supranacional capaz de  mediar y favorecer la cooperación. En un mundo globalizado no hay otra salida que el fomento de auténticas relaciones de amistad entre los pueblos. La solución para Siria pasa por ahí, lo contrario es que la  guerra se convierta en crónica.

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