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El empleo: final feliz para las víctimas de violencia machista

37 mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas y 24 niños huérfanos es el triste balance de la violencia machista en España solo en lo que llevamos de año

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Sefi García

Redactora de Cultura

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 09:53

37 mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas y 24 niños huérfanos es el triste balance de la violencia machista en España solo en lo que llevamos de año, un 2021 en el que las llamadas al 016 han aumentado casi un 50 por ciento. Dejar atrás la violencia es posible y una de las formas de hacerlo es mediante la formación y el empleo con muchos programas especializados en ayudar a las víctimas a forjarse una nueva vida independiente lejos de sus agresores

Digamos que se llama María, supongamos que tienen entre 30 y 40 años… Es víctima de violencia de género, un caso como miles pero con final feliz. Denunció a su maltratador en muchas ocasiones, pero fue la denuncia de unos vecinos la que ha hecho que hoy siga viva. Busca un lugar discreto para hablar con nosotros. No quiere que sus compañeros de trabajo la escuchen. Ninguno lo sabe. Y nos relata su calvario: “Cuando estás sumergida en una situación así -nos cuenta- te aferras porque la otra persona te sumerge en él, te aferras a mantenerla y llegas a sentirte culpable. Muchas veces retiraba las denuncias pensando en que la culpa era mía. Se seguían los procedimientos de oficio pero me negaba a declarar en su contra para no perjudicarle. Yo no veía todo el daño que me causaba, no solo físico, sino también mental, estaba anulada como persona”. Una jueza de violencia de género le tendió la primera mano para sacarla poco a poco del pozo. Luego los servicios públicos de ayuda la levantaron, pero la luz no llegó hasta que a través de la Fundación Integra consiguió un trabajo. Lleva 4 años con un empleo estable, pero el camino no ha sido fácil, “tuve una época muy mala, porque no se sale enseguida, hay que buscar ayuda exterior, es un pozo en el que estás metida. Busqué ayuda y empecé a trabajar, pero nadie conoce mis circunstancias, nos da vergüenza, aunque ahora no veo el motivo, porque no somos las culpables, pero no queremos que se sepa. Me ofrecieron la posibilidad de trabajar sin dar explicaciones, mis compañeros no saben por lo que he tenido que pasar”.

Además de trabajar, está estudiando en la universidad, se forma en derecho, porque “quiere ayudar y devolver a la sociedad un poquito de lo que me ha dado” y se siente llena de energía. “No quiero que me vean como una víctima sino como una persona que ha pasado por diversas situaciones en la vida, porque de todo se aprende, y le doy valor a cosas que antes no valoraba”.

Es el mejor ejemplo de que de ese pozo oscuro se puede salir, pero reconoce que las víctimas necesitan ayuda, ella les dice “que no tengan miedo: sola es muy difícil salir porque nos anulamos como personas, porque aunque hay cosas a mejorar, la ley nos apoya, hay organizaciones, no hay que seguir viviendo con los malos tratos por quedarnos solas, porque no lo estamos: hay que denunciar. Sé que es difícil, yo lo he vivido, hay que dar el paso. Y no permitir que nadie te haga daño”

Nuestra María de mediana llegó a tener la cara desfigurada, la justicia puso a su maltratador un dispositivo de seguimiento que se quitó, confiesa que “el letrado de la administración de justicia llegó a decirme que miraba todo el día el periódico por si me encontraba y me siento muy afortunada por no haber estado en las noticias”.

Reconoce que “Estaba aferrada a una relación muy dañina. Conseguí gracias a una jueza de violencia de género poner distancia y volver a vivir”.

Ella es una de las seis mil mujeres víctimas de violencia de género a las que la Fundación Integra ha conseguido empleo en estos últimos veinte años. A esta organización llegan derivadas de las 90 entidades especializadas en la atención primaria a mujeres víctimas de violencia de género con las que colaboran.

“Llegan rotas-reconoce Rosa Fernández, responsable de empleo en Integra- son mujeres que han estado aisladas, algunas sin un techo, han tenido que coger a sus hijos y marcharse. Trabajan muchos aspectos antes de llegar a nosotros. Las entidades que nos las derivan hacen un trabajo previo fundamental antes de que lleguen a nosotros”.

Una vez en la fundación, las entrevistan, para conocer su pasado, sus habilidades, formación, si han trabajado alguna vez y en qué situación se encuentran en ese momento, de ahí, explica Rosa Fernández “pasamos a la escuela de fortalecimiento, a talleres de voluntarios de las empresas con las que trabajamos. Esta formación les hace recuperar la confianza en sí mismas, a reconocer su talento. Les enseñamos a preparar el curriculum, como enfrentarse a una entrevista de trabajo, les acercan a la realidad del mercado laboral y les dan herramientas”

El tiempo para insertarlas en el mundo laboral suele ser bastante corto, depende del perfil laboral de cada una y de las ofertas de trabajo que les deriven las empresas con las que colaboran “ a veces no más de un mes, y otras el acompañamiento es más largo, porque no hay trabajos de su perfil. Pero es bastante rápido. Pero nosotros además hacemos acompañamiento hasta que encuentran estabilidad”.

Lo que sí han comprobado es el cambio que experimentan cuando tienen trabajo “el empleo es clave-afirma Rosa Fernández- para que puedan retomar las riendas de su vida, les hace libres. Es más que un trabajo: les hace empoderarse, las ayuda a sentirse dignas, aunque la dignidad nunca se pierde, han estado aisladas, generan amigos, rutinas, se cuidan, salen a la calle sin miedo. Nos dicen que han crecido incluso físicamente, porque antes no era capaz de levantar la mirada”.

El papel de las empresas es fundamental. Hemos hablado con Camino San Millán, responsable de selección de Acciona. Camino nos cuenta que la persona que selecciona no sabe su condición, que pasan por el mismo filtro que cualquier aspirante. También recuerda que han contratado en todos los puestos de la empresa porque “aunque se crea que son mujeres con bajo nivel formativo, por desgracia hay de todo. Les hacen un seguimiento, las apoyan y ahí están, rindiendo en muchas ocasiones más que cualquiera, porque salir del pozo hace que se coman la vida a bocados.

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