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SOCIEDAD DISCAPACIDAD (Crónica)

Cuatro décadas ayudando a dar el primer paso a personas con discapacidad

Después de 61 años cotizados, Charo disfruta de los últimos días como directora del Centro Ocupacional 'Primer Paso', al que ha acudido cada mañana durante 38 años con la misma ilusión con la que lo inauguró: ofrecer una formación y salida laboral a las personas con discapacidad que terminaban la escuela. ,Se jubila ahora, a los 77 años, pero con la determinación de seguir ocupándose de sus "chicos", que se han convertido en una prolongación de su propia famil

Agencia EFE

Tiempo de lectura: 3'Actualizado 09:02

Marta Ostiz

Después de 61 años cotizados, Charo disfruta de los últimos días como directora del Centro Ocupacional 'Primer Paso', al que ha acudido cada mañana durante 38 años con la misma ilusión con la que lo inauguró: ofrecer una formación y salida laboral a las personas con discapacidad que terminaban la escuela.

Se jubila ahora, a los 77 años, pero con la determinación de seguir ocupándose de sus "chicos", que se han convertido en una prolongación de su propia familia y con los que ha tenido que hacer malabares para conciliar el cuidado de hijos y trabajo.

En una época en la que no era tan corriente encontrar a una mujer, madre de familia numerosa, al frente de un proyecto tan exigente, Charo Aguilar explica a Efe que lo peor que recuerda fue tener a cinco adolescentes en casa. "Eso sí que fue difícil de llevar con el trabajo".

"Yo tuve cinco hijos porque quise tenerlos y no siento que haya dejado de atender ni a mi familia ni al trabajo. Era mi realidad y acepté que tenía que hacer ambas cosas. Estaba convencida de mi responsabilidad con el centro y con las familias", recuerda.

Su vocación por atender a las personas con discapacidad y ayudar a sus familias está detrás de esta historia que comienza en los años 80, cuando se da cuenta de que muchos chavales terminaban la etapa escolar y con ella también su futuro, porque desde las instituciones no se les ofrecía continuar con una formación para acceder al mercado laboral.

Así, junto con un grupo de personas que compartían las mismas inquietudes, contactaron con un centro escolar del barrio madrileño de Chamberí del que cada año salían chavales con discapacidad sin más futuro que permanecer en casa con sus familias.

"Yo trabajaba en Cáritas desde los 16 años y un día llegaron unas religiosas a reunirse con el vicario y ofrecer un edificio que tenían en Aravaca (Madrid). Lo visitamos, era un palacete antiguo con habitaciones enormes y mucha luz. Era lo que necesitábamos para atender a estos chavales y nos lanzamos", recuerda.

Así comenzó un camino que le ha dado muchas alegrías, pero no pocas preocupaciones, especialmente por la falta de financiación.

Esto se resolvió en el año 2002 cuando la Comunidad de Madrid comenzó a asumir el coste de las plazas, aunque también han tenido que recurrir a campañas de recaudación para poder salir adelante.

En los talleres del centro, los alumnos fabrican adornos navideños, bisutería y otros productos que venden a empresas y, con el dinero que sacan, les dan una pequeña paga a los chavales "para que vean que su trabajo da frutos".

A los padres de los alumnos (una treintena que van desde los 22 a los 67 años) no se les cobra nada. "Creo que las familias deben tener un desahogo económico para poder disfrutar, irse de vacaciones, contratar ayuda en casa....", explica.

El trato con las familias es precisamente uno de los aspectos de los que más orgullosos se sienten. De hecho, algunas de ellas llevan más de 30 años acudiendo al centro.

La relación es tan estrecha que la familia de Charo ha acogido temporalmente en su casa a una de estas chicas, Mariló, algo completamente impensable en la actualidad.

"Cuando tienes una relación tan directa con la gente, te implicas más y no te agarras tanto a cuestiones burocráticas, sino que buscas darle vueltas a la ley para ayudar a esa persona que lo necesita. Si ahora le dices a alguien que te has llevado a una usuaria a tu casa, te miran mal", explica.

La madre de Mariló enfermó de cáncer y le pidió a Elena -hija de Charo- que se ocupara de ella. "Durante todo el proceso que duró la enfermedad, Mariló estuvo viviendo con nosotros y ahora es un miembro más de la familia".

Charo habla de una de las mayores preocupaciones que le exponen los padres de los chicos a los que atienden: que será de ellos cuando sus progenitores ya no estén. "Nos piden habilitar una residencia, pero no podemos, es mucha responsabilidad", lamenta.

Su hija María Echarren recoge ahora el testigo de su madre y asume la dirección del centro.

El reto es facilitar a los usuarios unas habilidades que les permitan adquirir un empleo, pero la realidad es complicada porque algunos de estos chavales tienen importantes limitaciones y carecen de la autonomía necesaria para acceder a un puesto de trabajo.

Además, María subraya la importancia de trabajar con ellos el aspecto emocional: gestionar los miedos, su actitud ante una crítica, etc. La formación afectivo-sexual se aborda también en el centro, para que aprendan a distinguir una caricia o un gesto de cariño de otras situaciones.

El reto de la residencia sigue, por el momento, pendiente. "Siempre ha sido la ilusión de mi madre, pero es muy complicado, no es solo una cuestión económica". EFE

mop/prb

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