Críticas de los estrenos de cine del 24 de enero
Análisis de los estrenos de cine de esta semana: Jerónimo José Martín comenta “¿Qué hacemos con Maisie?”, “Mindscape”, “Presentimientos”, “Hércules: El origen de la leyenda”, “Casi inocentes”, “Oldboy”, “Otello” y “Nymphomaniac: Parte 2”.

Qué hacemos con Maisie 2
Madrid - Publicado el - Actualizado
11 min lectura
Maisie (
) es una cariñosa e inteligente niña neoyorquina de seis años, que se encuentra profundamente desconcertada en medio de la lucha por su custodia entre su madre Susanna (
) —una madura estrella del rock— y su padre, Beale (
), un importante marchante de arte. En la pugna de estos dos adictos al trabajo por conseguir el favor del juez, Beale se casa con Margo (
), la niñera de Maisie, lo que empuja a Suzanne a casarse con su amigo Lincoln (
).
En esta actualización de la novela clásica “What Maisie Knew” (“Lo que Maisie sabía”), de
, el californiano
y el neoyorquino
(“En lo más profundo”, “La huella del silencio”) desarrollan una dura pero lúcida disección del caótico individualismo dominante en las sociedades occidentales, y muestran sin complacencias sus trágicas consecuencias en tantos niños, desatendidos por sus padres y víctimas inocentes de sus divorcios, siempre amargos. Al guion de
y
le faltan grises y le sobran blancos y negros en sus retratos de los personajes adultos. Sin embargo, su propuesta mantiene una veracidad conmovedora gracias a la sensacional interpretación de la niña Onata Aprile, y suaviza su cierto pesimismo con la luminosa y sencilla humanidad que aportan los personajes de Margo y Lincoln, interpretados con amplitud de matices por Joanna Vanderham y Alexander Skarsgård, respectivamente.
Esta riqueza dramática y ética es traducida en imágenes por McGehee y Siegel a través de una fresca puesta en escena naturalista, muy “Indie”, que saca partido a las calles de Nueva York —abarrotadas de gente y también de soledades anónimas—, fotografiadas con sutil decadencia por
, y envueltas por la minimalista pero arrebatadora banda sonora de
, completada con varias canciones que reflejan muy bien, en sus antagónicos estilos, la estridencia y la ternura entre las que se mueve la película. Queda así otra valiosa fábula moral sobre el perplejo, irresponsable y destructivo egoísmo de tantas y tantos, y sobre el verdadero sentido de la maternidad y la paternidad, con poderosos ecos de “Kramer contra Kramer” (1979), de
Con amplia experiencia como realizador publicitario, el madrileño
ha dirigido varios cortos muy premiados —como “La guerra” (ficción) o “Nuevos tiempos” (documental), ambos nominados al Goya— y ha sido ayudante de dirección de
(“Moulin Rouge”),
(“La mala educación”, “Hable con ella”),
(“El espinazo del diablo”),
(“Intacto”),
(“Reinas”),
(“La gran vida”)... Ahora opta al Goya 2013 al mejor director novel con su primer largometraje de ficción, “Mindscape”, original intriga rodada en inglés y con reparto internacional, que ha sido producida por el barcelonés
, director de películas como “La casa de cera”, “La huérfana” o “Sin identidad”.
En el futuro, se han creado empresas —como Mindscape— en las que trabajan hombres y mujeres con capacidad psíquica para introducirse en los recuerdos de las personas, con el fin de ayudar a los médicos en sus diagnósticos y a la policía y a los jueces en la resolución de casos complejos. Tiene ese don el prestigioso detective John Washington (
), que ha estado un tiempo retirado tras un suceso traumático. En su primer caso, aparentemente sencillo, intentará ayudar a Anna (
), una problemática adolescente, hija única de un senador, que se niega a comer desde hace varios días. Pero, enseguida, John se da cuenta de que la inteligente y misteriosa Anna le va a poner difícil su trabajo.
Como tantos otros cineastas españoles de su generación, Dorado demuestra en esta película unas notables cualidades para la dirección de actores y para crear densas atmósferas dramáticas, muy efectivas en géneros como el thriller o el terror. En este sentido, tiene entidad el intenso duelo interpretativo entre el londinense Mark Strong y la estadounidense Taissa Farmiga, arropado por una angustiosa planificación —deudora de “Vértigo”, de
, y de “Origen”, de
—, sugerentes efectos visuales y efectivas transiciones de la realidad a los recuerdos y viceversa. También son de alta calidad la abigarrada dirección artística del francés
(“El maquinista”, “Vicky Cristina Barcelona”, “Blancanieves”), la vigorosa fotografía del barcelonés
(“El orfanato”, “Lo imposible”, “El cuerpo”) y la inquietante partitura del madrileño
(“Fast and Furious 6”, “Invasor”, “Mientras duermes”).
Sin embargo, el guion del debutante
, tras un planteamiento muy sugerente, va perdiendo coherencia narrativa y fuelle dramático en su desarrollo, hasta un desenlace confuso, sórdido y abrupto, que deja unos cuantos cabos sin atar. Esto no estropea del todo esta entretenida película, pero deja una sensación de decepción en el espectador, sobre todo si éste exige solidez narrativa —y no solo formal— a las historias de intriga.
Julia (
) y Félix (
) son un joven matrimonio de clase media, cuya relación atraviesa un momento delicado. Para intentar recomponer la situación, viajan a Santa Pola, donde pasarán unos días en la playa junto a su pequeño hijo, todavía un bebé. Al poco de llegar, discuten, Julia sale con el coche y sufre un extraño incidente, tras el cual le resulta imposible reencontrarse con su marido y su hijo.
En esta adaptación de la novela homónima de
, el logroñés
—que debutó con la notable “Vida y color”— despliega una inquietante puesta en escena, de vigorosa planificación, muy eficaz en sus constantes idas y venidas entre lo real y lo imaginado. En este sentido, le ayudan mucho la ambigua fotografía de
, la desconcertante música de
y las tristes canciones de
. Por su parte, Eduardo Noriega y Marta Etura logran dar entidad a sus angustiados personajes y hacer creíble sus elogiables esfuerzos para hacer examen de conciencia, cambiar de actitud y recuperar el amor perdido.
Sin embargo, la historia se ve debilitada por el guion del propio Tabernero y el actor Eduardo Noriega —debutante en estas lides—, que salta sin mucha continuidad de la intriga enigmática al melodrama sórdido, y además enturbia su cierto planteamiento positivo con un tratamiento del sexo demasiado explícito y morboso. Es una pena, pues “Presentimientos” goza de una de las puestas en escena más sustanciales del reciente cine español.
En un intento desesperado por liberar a su pueblo de la opresión de su cruel esposo, la reina Alcmene (
) dirige sus súplicas hacia los dioses. Fruto de sus plegarias nace Hércules (
), engendrado por Zeus, padre de los dioses y los hombres. Ajeno a su verdadera identidad, Hércules sufre el desprecio del rey Anfitrión (
), que favorece siempre a su hijo legítimo Ificles (
). Así se trunca el romance de la bella Hebe (
) con Hércules, que es obligado a combatir en la guerra con Egipto.
Desaparecido en combate desde hace años, el finlandés
(“Máximo riesgo”, “La jungla 2”, “Memoria letal”) retorna con este “peplum”, plagado de referencias a “Ben-Hur”, “Espartaco” y “300”. Su reinterpretación en clave épico-mística del célebre héroe de la mitología griega —con curiosos simbolismos crísticos—resulta suficientemente entretenida y, a ratos, espectacular. Sin embargo, padece un guion muy pobre —sobre todo en su dimensión dramática—, una factura en 3D estereoscópica más aparatosa que verdaderamente impactante, y unas interpretaciones sin alma, sobre todo la del inexpresivo Kellan Lutz, que ya mostró sus graves limitaciones en la saga “Crepúsculo”.
Alberto (
) —ejecutivo publicitario con su padre en coma profundo— y Regina (
) —una pintora de carácter muy posesivo— son un matrimonio de mediana edad que vive felizmente en Madrid con su cariñoso hijo León (
), de unos siete años. Un día, el chaval se ve atrapado en el incendio de una casa, Alberto no se atreve a entrar y, finalmente, lo rescata Piotr (
), un inmigrante ilegal ruso, cuyo rostro queda desfigurado. Atormentado por la vergüenza y la culpabilidad, Alberto se ofrece a ayudar a Piotr, que poco a poco va ocupando el lugar de Alberto en el corazón de su esposa y su hijo.
Con esta adaptación de la novela del bilbaíno
debuta como guionista y directora de largometrajes la prestigiosa decoradora y estilista zaragozana
, autora hasta ahora del corto “A Mario…”. Según ella, su película “es un viaje interior donde sueños, sentimiento y dolor llevarán a nuestros personajes al vacío más profundo, a la desesperación. Hay que pensar que la decisión que tomamos en un solo instante, puede cambiar el rumbo de toda una vida”. Ciertamente, su introspectiva puesta en escena —un tanto televisiva— y su sólida dirección de actores logran sumergir al espectador en el peliagudo drama de Alberto y Regina, que descubren la fragilidad de su propia relación y de su concepto de paternidad y maternidad, seguramente asentado más en su propia satisfacción que en la de su hijo.
Sin embargo, la película flaquea al dilatar y reiterar excesivamente las situaciones y, sobre todo, al extremar su tono melodramático hasta límites casi grotescos, especialmente en la evolución del personaje de Alberto, cuyos conflictos laborales y sexuales resultan, además, artificiosos y tópicos. Fallida película, por tanto, a pesar de que goza de elementos atractivos y afronta temas de interés.
Mediados de los años 90 del siglo pasado. Joe Doucett (
) es un ejecutivo publicitario en horas bajas, agresivo y alcohólico, divorciado de su esposa y con una hija pequeña. Un día, tras una de sus borracheras, es secuestrado y retenido durante veinte años en una especie de hotel-cárcel, donde se entera por la televisión de que su ex mujer ha sido asesinada, y de que le consideran culpable a él. Cuando es liberado, Joe sólo tiene una obsesión: descubrir quién ha sido el responsable del castigo al que ha sido sometido y conocer las razones de su decisión. Pero, a pesar de estar libre, sigue siendo un muñeco en una venganza que amenaza con sepultarle. Sólo contará con la ayuda de Marie (
), una joven trabajadora social de doloroso pasado.
El hace años interesante
(“Haz lo que debas”, “Malcolm X”, “La marcha del millón de hombres”, “La última noche”, “Plan oculto•) confirma su baja forma en este penoso e innecesario remake de la película homónima del surcoreano
—Gran Premio del Jurado en Cannes 2003—, inspirada a su vez en el manga del guionista
y el dibujante
ambos japoneses. Si ya la película original —de poderosa factura visual y poético surrealismo— era discutible por su morbosa violencia, el filme de Lee resulta un desparrame sórdido, grotescamente sangriento, obsceno en sus secuencias sexuales, tosco en su humor negrísimo, mal interpretado —hasta por un Josh Brolin clavado al
de hace años— y con una puesta en escena chapucera, sobre todo en las ridículas secuencias de peleas. En fin, para olvidar.
En un plató de la ESCAC (Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya) comienzan a rodar en catalán una versión minimalista de “Otelo, el moro de Venecia”, la inmortal tragedia sobre los celos, que
escribió hacia 1603. La dirige
, profesor titular en esa escuela, y la protagonizan dos no actores: la mallorquina
y el catalán de origen marroquí
, pareja en la vida real. El también no actor
interpreta a Casio. Conforme avanza el rodaje, y los actores son forzados por el director a meterse en las escenas —sobre todo, en una de explícito contenido sexual entre Ann y Kike—, Hammudi Al-Rahmoun se va convirtiendo en el manipulador Yago, Ann M. Perelló en la sufrida Desdémona y Youcef Allaoui en el furibundo Otelo.
Tiene cierto interés este impactante ejercicio de estilo de Hammudi Al-Rahmoun Font —autor del corto “Frágil”—, rodado en tres días con 15.000 euros de presupuesto. En él, este joven director catalán traslada al propio ámbito del rodaje de una película las reflexiones sobre el poder, el deseo, la venganza, el engaño y los celos que plantea Shakespeare en su obra. Rodada con permanente cámara en mano y manchado sonido directo, como si se tratara de un making-of, la película va metiendo al espectador en la sorprendente situación, al tiempo que los actores la viven en sus propias carnes con incómoda veracidad, especialmente en la escena sexual, en todo caso, demasiado explícita y muy violenta para el alucinado espectador por su aparente falta de perspectiva moral. Queda, en todo caso, una interesante película experimental, en la que Al-Rahmoun muestra sus radicales planteamientos fílmicos y la no actriz Ann M. Perelló incendia la pantalla con su ruborizada naturalidad.
Si en la primera parte de “Nymphomaniac”, la vapuleada y adicta al sexo Joe (
) relataba a su salvador, el viejo solterón Seligman (
), sus sórdidas andanzas sexuales durante su infancia y adolescencia, en esta segunda entrega continúa su turbia narración hasta el momento actual, en el que ella ya tiene cincuenta años.
El polémico cineasta danés
(“Europa”, “Rompiendo las olas”, “Bailar en la oscuridad”, “Dogville”) mantiene aquí la obscenidad casi pornográfica de la primera parte, así como su estética excesiva, su pedante tono pesudointelectual, su morosidad narrativa y su desolador pesimismo, llevado hasta lo grotesco en su demencial desenlace. Con ello, “Nymphomaniac” se consolida como un aburrido y ofensivo fruto amargo del carácter depresivo de Von Trier —reconocido por él mismo— y como un bobo intento de hacer cine porno de autor con pretensiones de ensayo sesudo sobre la postmodernidad.



