Madrid - Publicado el - Actualizado
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En vísperas del Adviento el Papa ha recordado una de las grandes verdades que superan cualquier expectativa política, cultural o social: que la muerte llega para todos, y eso otorga peso y responsabilidad a nuestra vida. La gran paradoja que ofrece esta verdad, tan cotidiana y tangible, es que la sociedad tiende a ignorarla. Pero cuando aparece por sorpresa, como desenlace dramático de la historia de una personalidad pública, nos sentimos sacudidos y provocados a la reflexión.Esta mañana hemos conocido la muerte repentina en Madrid de la senadora valenciana Rita Barberá, sometida durante largo tiempo a una dura presión política y mediática por un supuesto delito de corrupción, sin gozar en muchas ocasiones de la presunción de inocencia que aseguran las leyes. Pero la trayectoria de Rita Barberá no puede reducirse a un episodio oscuro, cuyas responsabilidades jurídicas y políticas habrán de ser depuradas. Barberá ha sido una gran alcaldesa de Valencia, ha gozado durante años de enorme consenso y popularidad, y ha liderado una profunda transformación de esa ciudad. La soledad y el desamparo que ha vivido en los últimos tiempos no hacen justicia a una trayectoria larga de servicio público con muchas luces y también con sombras, como toda obra humana.En la hora de su inesperada muerte algunos pueden sentir, con pesadumbre, el modo en que la han tratado. Otros, pocos pero ruidosos, demuestran su abyección. La justicia de los hombres, siempre necesaria, es también siempre imperfecta y aproximada. Por eso confiamos a Rita Barberá a la única Justicia que nos permite vivir con esperanza, la justicia de Dios, que es misericordia.



