Cinco claves de las elecciones británicas, más allá del Brexit

Unos comicios históricos que abren puertas desconocidas

Cinco claves de las elecciones británicas, más allá del Brexit

 

Paloma García Ovejero

Corresponsal en Londres

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 02:05

En plena noche electoral, cuando aún no había amanecido en Londres, los libros de Historia del Reino Unido incorporaron una nueva entrada: “Hay tres elecciones que lo cambian todo: 1945, 1979 y 2019”. Es decir, la segunda guerra mundial, la llegada al poder de Margaret Thatcher y la mayoría absoluta de Boris Johnson. Eran las 5 y 10 de la mañana cuando se hacía oficial. No había terminado aún el recuento, pero los analistas ya percibían la magnitud del terremoto.

Según avanzaba el conteo de escaños, lo del Brexit pasaba casi a un segundo plano, y empezaban a surgir titulares mucho más sorprendentes. Las claves más noticiosas, que solo se pueden explicar según las reglas del sistema electoral británico, son estas:

Irlanda del Norte

Por primera vez en la historia de este territorio, los nacionalistas superan a los unionistas; los católicos ganan a los protestantes; los que quieren unirse con el sur de la isla logran superar en escaños a los que quieren seguir vinculados a Londres. Al mismo tiempo que el reloj marcaba las 7, el Sinn Fein se proclamaba vencedor en Fermanagh. Era el último de los 18 escaños que le corresponden a Irlanda del Norte, y la balanza se inclinaba de la siguiente forma:

9 independentistas (los 7 del Sinn Fein + los 2 de los socialistas católicos)

8 unionistas (los del DUP, que hasta ahora contaban con 10 escaños y eran socios de gobierno)

Hay además 1 independiente, pero no cuenta en las sumas, porque teóricamente juega un papel neutral para facilitar el entendimiento, y no tiene postura oficial sobre la permanencia.

No será inmediato, pero el proceso de fusión de las dos Irlandas acaba de empezar.

Escocia

Aparentemente, los independentistas del SNP han logrado un triunfo, con 48 de los 59 escaños que le corresponden a esta zona de Gran Bretaña. Sin embargo, si sumamos el número de papeletas, los apoyos no son tan abrumadores: un 46% de los votantes escoceses quiere la independencia; un 54% ha votado, en cambio, por partidos unionistas.

Nicola Sturgeon ha festejado cada diputado como si fuera un paso hacia la libertad, especialmente el que ha desalojado de Westminster a Jo Swinson, ya ex líder de los liberal-demócratas. De cara a sus seguidores, se las prometía muy felices a la hora de exigir un nuevo referéndum de independencia. Pero a última hora del viernes ha llegado la llamada telefónica de Boris Johnson: ni hablar de volver a sacar las urnas en Escocia. Desde Downing Street apuntan: “El Primer Ministro está del lado de la mayoría de los escoceses, que no quieren que regrese la división y la incertidumbre”.

La vuelta al “One-Nationism” victoriano

El porcentaje de voto conservador (44,9%) es el mayor desde que Margaret Thatcher arrasó en 1979 con el 44,9%. Supera incluso a la victoria arrolladora de Tony Blair en 1997 (44,4%)

Y eso no se debe solamente a su mantra “let’s get Brexit done”, sino a una estrategia mucho más profunda: recuperar el lema acuñado por Disraeli en el siglo XIX, “One Nation Tory”, y convencer a ciudadanos de toda condición de que el gobierno central vela por ellos. Traducido en lema de campaña, lo que ha repetido Boris Johnson hasta la saciedad es que él gobernará para todos. Rescatar las palabras “Una Nación Conservadora” es una forma de prometer que cuidará de todos, pobres del norte y ricos del sur, porque cree en la clase trabajadora y porque es necesario que haya conservadores por todas partes para garantizar el bienestar colectivo.

El “Muro rojo” y los “cuellos azules”

La histórica victoria de Thatcher se apuntaló sobre el voto de los “blue-collar”, la clase trabajadora, a quienes poco a poco logró convencer de que el Laborismo no les convenía. Y algo parecido es lo que ha sembrado Boris Johnson -a pesar de ser un producto de la élite, que jamás se ha esforzado en pisar minerías o granjas- al machacar la idea de que los Labour no crean una economía en la que el pueblo prospera. De alguna forma, el que fuera niño pijo de Eton ha sabido convencerles de que el secreto del éxito es ser ambicioso, trabajar duro, aumentar las expectativas, hacer florecer la economía… y, por supuesto, “get Brexit done”.

Eso explica, aunque solo en parte, que hayan caído bastiones históricos de los laboristas como Sedgafield (la circunscripción de Tony Blair, entre las más pobres del país, totalmente proletaria); Blyth Valley (el primer gran susto de la noche electoral, zona minera al noroeste de Inglaterra, de mayoría laborista desde 1950); o Workington, laborista desde 1918, paradigma del votante perseguido por los tories: blanco, mayor de 40 años, amante del rugby y la tradición inglesa. ¿Por qué han “caído” en manos de los conservadores estos feudos “rojos”? Porque se han creído el mensaje de Johnson: yo cuidaré de vosotros. Exactamente lo que les llevó a amar a Tony Blair: “I’m a posh boy but I will protect you”.

Corbyn, el cómplice involuntario

¿Hubiera funcionado la estrategia de Boris Johnson -diseñada por el genio siniestro Dominic Cummings- de haber tenido enfrente a otro líder laborista? Nunca lo sabremos. Pero es indudable que el que más ha hecho por el trasvase de votos rojos a las arcas azules ha sido el propio Jeremy Corbyn. Le achacan falta de empatía, hay quien le apoda el “pablo iglesias británico”, y en sus propias filas se atragantan a la hora de apoyarle.

El Brexit ha sido el motivo; Corbyn, el colaborador necesario; y el descaro de BoJo ha hecho el resto. Ahora que es el líder todopoderoso, conviene revisar sus orígenes para entender cómo ha llegado hasta aquí: el documental titulado The irresistible rise lo explica desde el origen.

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