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Los abusos en la familia son los más frecuentes y los que más huella dejan

La credibilidad y el apoyo al menor son claves para que pueda superarlos

Los abusos en la familia son los más frecuentes y los que más huella dejan
Carmen Labayen
@carmenlabayen

Jefa de Sociedad, Nuevas Tecnologías y Casa Real en COPE

Tiempo de lectura: 7'Actualizado 09:01

Los abusos sexuales a menores en la familia son los que con mayor frecuencia se producen. Solo en 1 de cada 10 casos la víctima no conoce a su agresor y más de la mitad de los abusos se producen el núcleo familiar. Cuanto más estrecho es el vínculo con el abusador, más duran y menor apoyo y comprensión obtiene una víctima de su entorno mayores son también las secuelas. La triste realidad es que el abuso se esconde incluso cuando saltan todas las alarmas y con mayor intensidad en el ámbito familiar que el resto de los casos.

“Se tapan tanto porque al final tambalean mucho los pilares de nuestra sociedad. Es decir ¿qué está ocurriendo para que 1 de cada 5 niños sufra algún tipo de abuso sexual y la mayor incidencia sea dentro de la familia? Eso supondría hacer un análisis personal de qué nos está pasando en nuestras familias y en la sociedad para que lleguen a ocurrir este tipo de aberraciones” apunta Natalia Ortega,psicólogaespecializada en abusos a menores.

Lleva 20 años pasando consulta a víctimas de este abuso de poder de un adulto hacia un menor para satisfacer por encima de cualquier otra cosa su deseo sexual y explica a COPE que en 8 de cada 10 casos tienen lugar en el ámbito de la familia. Es, asegura, la realidad más silenciada además de la que deja una huella más profunda en quienes la sufren. Es también la que está detrás, en parte, de un terrible círculo vicioso.

“Silenciar esto o taparse los ojos no significa que deje de ocurrir. Lo que hace es que estemos trabajando menos en la prevención de lo necesario, atendiendo menos a las víctimas. Al final hay secuelas y hay estudios que revelan que muchos abusadores en la etapa adultahayan sido, a su vez, abusados de niños. Entonces si no ha habido tratamiento ni prevención lo que estamos haciendo es que el problema se siga expandiendo” subraya Ortega que está al frente de Activa Psicología.

El padre biológico, principal agresor en el seno de la familia

En 8 de cada 10 casos el abusador es un hombre y, según Ortega, en el seno de la familia “lo más frecuente es que sean padres y abuelos”. Los estudios más recientes que se han publicado también apuntan al padre biológico. Estaría detrás de la mitad de los abusos en el ámbito familiar según Save The Children y de 3 de cada 10 abusos en el entorno más cercano según la Fundación ANAR.

Por su experiencia Ortega constata que “el agresor suele tener una buena posición social, una profesión reconocida y su vida familiar, todo ello hace más difícil imaginar que estemos ante un pederasta secundario capaz de mantener una vida en pareja (el 55 por ciento la tiene) al tiempo que tiene una fijación hacia uno o varios menores”.

“En muchos de los abusadores se da el perfil psicopático, son narcisistas, sádicos, egocéntricos, faltos de empatía, insensibles hacia normas y los demás y muy ególatras. Todo tratamiento con un abusador pasa porque reconozca el daño que ha hecho. Si no lo hace el resto de la intervención no sirve para nada”, zanja la psicóloga.

Más chicas que chicos entre las víctimas

Ana, Sara o Carla son algunas de las protagonistas de “Mariposas de Cristal”, en el que Ortega explica las secuelas que deja el abuso en la infancia tanto en la mente como en el cuerpo y en la relación familiar a partir de tres víctimas a las que trató en su consulta.

Que sean mujeres no es casualidad y es que “aunque en edades tempranas el número de víctimas femeninas y masculinas va más a la par, en la preadolescencia y la adolescencia es bastante más frecuente que sean ellas las víctimas de los abusos”.

De hecho, casi 8 de cada 10 víctimas son niñas y adolescentes, según recoge el informe “Los abusos sexuales hacia la infancia en España” tras analizar casi 400 sentencias de casos que se han producido en los últimos años.Según ese informe los abusos se inician, de media, en los 11 años y medio, y 4 de cada 10 de estos delitos entre los 13 y los 16. Otras investigaciones como la de la Fundación ANAR sitúan la edad media de las víctimas en 11,6 años y alertan de que el 15 por ciento de los menores abusados tienen menos de 5 años.

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Faltan cifras oficiales, hay pocos estudios y estadísticas, pero quienes estudian este problema estiman que entre el 10 y el 20 por ciento de la población en España ha sufrido algún tipo de abuso sexual en la infancia. Hablamos de 800.000 menores a 1,6 millones de menores abusados, la mitad de ellos en el seno de su propia familia y en 7 de cada 10 casos de forma repetida.

Tremendas secuelas

Cuanto más estrecha es la relación con el agresor peores van a ser las consecuencias para el menor más terribles consecuencias del abuso: las peores son la culpa, la vulnerabilidad de ser víctimas de quienes en realidad debían protegerles, la vergüenza, el miedo a ser juzgadas y romper a sus familias, el rechazo de sí mimas. Una “dura mochila” que impacta profundamente en su vida y que se puede dejar con la ayuda adecuada.

Muchas de estas víctimas no piden ayuda hasta que llegan a la edad adulta. A veces acuden a consulta por otro problema y después de varias sesiones cuentan lo que vivieron en su infancia. Y es que según explica Ortega es común que muchos años después sigan teniendo una baja autoestima, dificultades en las relaciones sociales y sexuales, depresión, ansiedad, e incluso que traten de suicidarse.

“En muchos casos de abuso intrafamiliar no se pide ayuda. Se tapa mucho más. Genera muchos más síntomas en las víctimas. Genera mucha más ambivalencia en sus emociones, genera mucha más culpa y genera el que se silencie mucho más a la víctima y se le haga mucho más copartícipe de la situación que están viviendo Y el vínculo con la persona es lo que más desestabiliza unido al tipo de abuso y a lo que duren. Hay personas que están más de 7 años en terapia hasta que lo superan”, subraya Ortega.

Menores silenciados

La gran baza para los agresores es el silencio de sus víctimas, algo que logran manipulando a los menores desde edades tempranas y por medio de la intimidación más adelante hasta hacerlas cómplices de su propia tortura, también de una posible ruptura familiar. Muchas veces comienzan planteando los abusos como un juego exclusivo con el menor y cuando el engaño empieza a desvanecerse emplean la intimidación y el chantaje o fomentan la culpa y la vergüenza en la víctima de la que solo el abusador es responsable.

El abuso sexual puede ser más o menos violento, ir desde los tocamientos a la penetración pasando por el exhibicionismo o el uso de pornografía. Los niños no tienen capacidad para dar su consentimiento ni de comprender la situación que están viviendo. El impacto de esos delitos continuados en la formación de su personalidad y en su comportamiento también va a depender de los apoyos que haya tenido la víctima, el papel de la familia y la credibilidad que se le haya dado.

Si el menor ha sido creído, no se le ha juzgado ha tenido todos los recursos y apoyos y un tratamiento para salir adelante su pronóstico será mucho mejor que si se ha dudado de él, se ha sentido aislado o si se ha hecho como si no pasara nada” subraya Ortega.

Pero muchas familias “lo tapan”

Pero en casi 4 de cada 10 casos cuando un menor cuenta haber sido víctima de abusos no recibe el apoyo que necesita. Es más, según el estudio ”Abuso sexual en la infancia-adolescencia según los afectados y su evolución en España'” de la Fundación ANAR las reacciones del entorno no son precisamente de apoyo.

En el 37,8 por ciento de los casos niegan los hechos, en un 31,1 por ciento justifican o encubren al agresor, en casi el 24 por ciento hay negligencia o falta de reacción y en el 7,2 por ciento llegan incluso a culpar a la víctima.

Y esto se traduce en muy pocas denuncias, algo más del 10 por ciento. Que son según los expertos la punta del iceberg. En la mayoría de los casos, es la víctima la que la presenta (33,8 %), seguida por la madre (28 %), y por ambos padres (13,7 %).

“La víctima muchas veces saca la rabia hacia el progenitor que no lo ha podido ver y se sienten desprotegidas. Y ese vínculo también hay que trabajarlo mucho”. Idealmente y según defiende Ortega sería importante hacer una terapia familiar porque “ese trabajo ayudará a la recuperación de la víctima y de muchas de las bases de la familia que se han roto. Pero muchas veces toda la familia no está dispuesta y el tratamiento se centra en la víctima y al resto se les dan unas pautas”.

A tenor de su experiencia explica que aproximadamente 3 de cada 10 familias hacen terapia conjunta y en 7 de cada 10 casos es la víctima la que recibe en exclusiva ese apoyo terapéutico.

Heridas invisibles un problema para la justicia

Recurrir a los tribunales no pone fin a la pesadilla de muchas víctimas. Y es que casi 2 de cada 10 denuncias se archivan por falta de pruebas.

“Casos que hayan salido bien, bien, a nivel judicial puedo contarlos con los dedos de una mano. Todo lo que no suponga un tratamiento y una consecuencia para el agresor va a perpetuar el abuso”, subraya Ortega que como muchos expertos considera muy mejorable el sistema para evitar que las víctimas tengan que volver a rememorar una y otra vez su experiencia y para que los agresores paguen por lo que han hecho.

Para su recuperación la víctima necesita ver que se le hace justicia, pero para condenar a alguien la justicia necesita pruebas. Y el problema es que en buena parte de los abusos no hay violencia física, no hay marcas en la piel, en definitiva, no hay rastro del delito.

Según el último Informe de la Fundación ANAR, basado en el análisis de los datos de las 6.183 menores víctimas de abusos sexuales entre 2008 y 2010 y las casi 90.000 llamadas recibidas, en 8 de cada 10 casos no hay marcas visibles o señales físicas porque las víctimas sufren principalmente tocamientos obscenos, más difíciles de demostrar en un tribunal y también de detectar por el entorno ya sea la propia familia o el colegio. 1 de cada 10 víctimas sí manifiesta haber sufrido penetración con violencia.

La pena por un delito básico de abusos sexuales a menores de 16 años va de 2 a 6 años de cárcel y está recogida en el artículo 183 del Código Penal. Se considera un agravante el que el agresor sea un familiar de la víctima. También está penado el hacer participar a un menor o hacerle presenciar actos de carácter sexual y se castigan con de seis meses a tres años de prisión, aunque el menor no haya participado en ellos.

La recuperación es difícil pero posible

Existen muchas variables de personalidad, apoyos sociales, capacidad de resiliencia que pueden amortiguar o sanar más o menos el daño sufrido. Hablar de recuperación total es complicado porque son difíciles de olvidar. Pero, según señalan los especialistas, sí se puede conseguir que la víctima tenga una vida normal, aunque hay momentos en los que el dolor vuelva a asomar y pueda generar problemas que, de nuevo, se pueden reconducir.

“Siempre hay que transmitir a la víctima que ha sido valiente en dar el paso, por contarlo, por querer sanarse y que no tiene que avergonzarse para nada de lo ocurrido porque la vergüenza la tiene que tener el agresor y no la víctima. Va a haber secuelas, pero cuanto antes se detecta y antes se trata mucho mejor para la persona” resume Ortega.

Otra de las claves es la prevención subraya que pasa por una educación afectiva y sexual adaptada a cada edad. “Hacer de la sexualidad un tabú aumenta el problema porque retrae aún más al menor de contar lo que está pasando y aumenta su sentimiento de culpa”, concluye.


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