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Un axioma olvidado: en democracia no todo es válido

Manuel Cruz

El “caso” del golpe catalán nos puede dejar muchas enseñanzas. Por ejemplo, sobre la esencia de la política y de la comunicación. Hay que reconocerlo sin rodeos: La Generalitat ha ganado por goleada al Gobierno en ambas materias, de manera que los catalanes están mucho mejor informados de lo que quieren ser que los españoles de a pie, liados con la supuesta debilidad de Rajoy, la tardanza en tramitar el famoso artículo 155 de la Constitución o las diferencias ideológicas incluso dentro de los partidos “constitucionalistas”.

Como todos sabemos –o deberíamos saber- la Generalitat ha mentido desde el primer día de su “procès” de independencia, pero ¿es que esos supuestos millones de catalanes que “votaron” el 1 de octubre no sabían que sus gobernantes les habían mentido? Resulta obvio: han sido debidamente adoctrinados a lo largo de lustros… y de dejadez de los gobiernos centrales. Pero, ¿por qué esos gobiernos –socialistas y conservadores- no han sabido o querido contrarrestar las campañas falaces de los diputados, medios de comunicación y gobernantes separatistas, dentro y fuera de Cataluña?

¡Ah, la sana democracia que todo lo permite! ¡Ah, la indiferencia… y la ignorancia de la gran masa del cuerpo electoral! Pero dejemos de lado el pasado para llegar a esos días de septiembre en que el Parlament empezó a vulnerar abiertamente la Constitución con sus leyes de transitoriedad y referéndum. ¿Por qué el Gobierno no emprendió una campaña de información dentro de la comunidad catalana para desmontar las falacias de los puigdemonts y jonqueras de turno? ¿Por qué no se convocaron actos públicos, mítines, fórums conferencias, coloquios o lo que sea para hablar de cada una de las mentiras en las que se había cimentado la rebelión contra la ley? ¿Por qué no intervinieron en esos momentos los fiscales y jueces que después parece que se rasgaron las vestiduras cuando la votación era ya inminente? Y sobre todo ¿por qué el Gobierno de Rajoy como principal responsable de restablecer la ley y el orden, no se dedicó a instruir a los catalanes sobre las consecuencias de un referéndum ilegal que, además significaría no solo separarse de España –lo que aplaudían- sino de Europa, ellos que se dicen tan europeos?

Pero seamos justos. Puede que todas esas preguntas tengan una sola respuesta: durante un tiempo, debido a la crisis interna del PSOE, Rajoy no ha contado con la lealtad del principal partido de la oposición… hasta que intervino el Jefe del Estado y apeló a la necesidad

de restablecer el orden constitucional frente a la deslealtad inadmisible de los gobernantes catalanes. No obstante, una vez más la comunicación le falló al Gobierno, que no ha aprendido todavía esa asignatura tan palmaria de instruir –eso significa catequizar- a todos los españoles sobre lo que significa el Estado de Derecho y, sobre todo, los limites de la democracia? Me viene a la memoria la reflexión, que en este sentido, se hacía una conocida sabelotodo en una tertulia de televisión: “Si la democracia permite que haya partidos separatistas, ¿por qué cuando ganan las elecciones no pueden aplicar sus programas?”

Era una pregunta ciertamente estúpida, pero coherente con la “sabiduría popular”, sin que nadie en la tertulia desmontase la falacia diciendo que no todos los programas políticos son aplicables en la practica porque, en definitiva, tienen que pasar por el tamiz de la Constitución. Y ya es hora de que los españoles sepamos que el “derecho a decidir” que exigen podemitas y separatistas, es decir, los grandes propagandistas de la mentira, no lo permite todo.

En fin, amigos: aunque estemos hartos ya de la sedición catalana, creo que estamos necesitados de una gran pedagogía política, una catequesis diría mejor aunque esta palabra se aplique tan solo en el vocabulario religioso para referirse a la instrucción de los catecúmenos. Lo mismo que no se nace cristiano sino que se hace mediante el bautismo y la posterior catequesis que permite el acceso a los sacramentos, tampoco nacemos sabiéndonos la Constitución y el Código Penal aunque luego estemos todos sometidos al imperio de una ley no escrita: el sentido común.

En definitiva, todo podría resumirse en la necesidad cívica de discernir el bien del mal y de ahí la imperiosa obligación de que los ciudadanos, al margen de sus creencias ideológicas y de sus ignorancias, sepan discernir sobre la buena y la mala política, los que dicen la verdad y los que mienten. Y no confundamos: catequizar (instruir para buscar la verdad) no es adoctrinar (anular la libertad de discernir). Repitámoslo, en democracia no todo es válido, caramba.

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