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Línea Editorial 04/04/2015

Sábado de silencio

El Sábado Santo es un día especial en la liturgia de la Iglesia Católica. Es un día de silencio para recordar el tiempo que Jesús pasó en el sepulcro. Todo parece callar, las grandes esperanzas que había suscitado en el pueblo de Israel el nuevo profeta parecen fracasadas. Dios parece callar. Bien pudiera entenderse este sábado de silencio como el momento que vive el hombre contemporáneo, sobre todo el occidental. Desde hace varios siglos la cultura dominante de Occidente ha hecho callar a Dios. No se le puede escuchar porque la razón ha dejado en muchas ocasiones de ser fiel a su verdadera vocación: apertura a toda la realidad, inquieta búsqueda por  los diferentes caminos que llevan al conocimiento. En esa cultura, los más lúcidos como Jürgen Habermas, un agnóstico con la razón muy abierta, hablan de la nostalgia de la resurrección, del anhelo de una redención definitiva que no nos deje en los límites de lo que somos capaces de hacer. El silencio es solo aparente. Dios no ha callado, Dios pronuncia la palabra definitiva. Dentro de unas horas responde con la resurrección de su Hijo inaugurando un nuevo mundo. El mal y la muerte siguen existiendo pero ya no son definitivos. Como ha señalado insistentemente el Papa Francisco, la tarea de la Iglesia es estar en salida para dar testimonio de esta palabra definitiva. Solo hay un modo de comunicarla: hacer presente entre los hombres que sufren el gran silencio de la pobreza, la humillación, la explotación o la soberbia de creerse dueños de sí mismos, la belleza desarmada que genera el domingo de Pascua. Esa belleza está hecha de una vida más humana, una razón más abierta, un afecto por todos y por todo más intenso.

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