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Línea Editorial 12/02/20132

Un legado para la eternidad

La renuncia de Benedicto XVI, motivada por su conciencia de carecer  de las fuerzas necesarias para realizar adecuadamente su misión de sucesor de San Pedro, es en sí misma un mensaje a toda la Iglesia. Así como Juan Pablo II convirtió su debilidad física en una catequesis viva sobre el valor del sufrimiento humano, este Papa alemán, que tan estrechamente colaboró con él, ha preferido hacer de su mermada capacidad física una catequesis de la sabiduría y la responsabilidad ante el peso de una tarea titánica que rebasa sus fuerzas. Benedicto XVI nos había acostumbrado a contemplarlo a través de un despliegue permanente de su portentoso intelecto, puesto de manifiesto en cada una de sus apariciones públicas. Esta agotadora tarea le exigía un apoyo físico que, a sus 86 años, estaba abandonándolo a ojos vistas. Con el anuncio de su renuncia señala también a su sucesor la enorme labor que le espera para continuar la misión de sostener la Iglesia en medio de uno de tiempos tormentosos, en los que el relativismo trata de asentarse como un nuevo ídolo. En este contexto Benedicto XVI se ha empeñado en una catequesis incansable sobre la fe y la razón, un binomio inseparable que conduce al conocimiento de la esencia del cristianismo, es decir, el amor apasionado de Dios por los hombres. Recuperar la fe, la esperanza y el amor como señas inequívocas de la identidad cristiana, es el legado para la eternidad que deja en vida el gran Papa teólogo a su sucesor y a la entera humanidad.

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