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Editorial, miércoles 13 de febrero 2013

Hay un sonido que los oyentes no escuchan en la radio; es el sonido de las ausencias, la gente que ya no está en las redacciones, ni en el control de sonido, ni en los deportes, ni en cultura, ni en la discoteca.  Es el silencio que ha ido creciendo en las radios con el paso de los años, la implantación de las nuevas tecnologías, la distintas crisis sufridas, los nuevos modelos de producción y trabajo. La radio, como el resto de los medios de comunicación, ha padecido y padece el devenir de los tiempos, las recientes maneras de consumir, las exigencias que la inmediatez de la información requiere. Pero ese sonido al que hacemos referencia no ha sido, ni es, un inconveniente a la hora de que la radio siga siendo uno de los medios de comunicación más inmediatos, fiables, cercanos y cómodos que tenemos. El siglo XXI nos permite incluso tener radio a la carta, gracias a Internet, que ha supuesto un complemento importantísimo más que una amenaza como en su momento pudo parecer la llegada de la televisión.  La radio, a pesar de todo, sigue presente en la vida de las gentes, reinventándose, adaptándose y siendo fiel a sí misma. Informa, cuenta, emociona, transmite. Pero también anda cada vez más huérfana de las personas que la hacen posible, que la han colocado donde está. El gran reto de la radio hoy no es que pierda los oyentes, sino los profesionales que cada día, cada minuto, hacen posible hacerles llegar ese regalo que es la palabra honesta, la información precisa, o la música de su vida.