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Una película de Disney no animada que emocionará

Críticas de los estrenos de cine del 22 de febrero

Análisis de los estrenos de cine de esta semana: Juan Orellana y Jerónimo José Martín comentan “El atlas de las nubes”, “Searching for Sugar Man”, “La extraña vida de Timothy Green”, “Blue Valentine”, “Si fuera fácil” y “Siete psicópatas”.
El atlas de las nubes
El atlas de las nubes

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El atlas de las nubes (Cloud Atlas) ** (5,5). Famosos por su saga de “The Matrix”, los hermanos estadounidenses Andy y Lana (antes Larry) Wachowski se unen al alemán Tom Tykwer (“Corre Lola, corre”, “El perfume: historia de un asesino”) para adaptar la novela homónima del escritor británico David Mitchell, publicada en 2004. La peripecia argumental —con claros ecos de autores con vetas filosóficas, como Haruki Murakami o Philip K. Dick— nos ofrece una filosofía de la historia bastante inconsistente a través de seis tramas entrecruzadas. Cada una de esas tramas ocurre en una época diferente, desde principios del siglo XIX hasta un futuro post-apocalíptico, y en lugares diversos, que van de Asia a California. Los personajes repiten intérprete y a veces nombre, y así encontramos con que casi todos los actores tienen entre cuatro y seis papeles diferentes: Tom Hanks, Halle Berry, Jim Broadbent, Susan Sarandon, Hugh Grant, James D’Arcy, Hugo Weaving, Jim Sturgess, Doona Bae, entre otros.

Los Wachowski vuelven a sentirse cómodos en un planteamiento muy similar al de “Matrix”: una sociedad definida por unas élites que tienen el poder, y un gran colectivo de esclavos que sueñan secretamente con su liberación. Se trata de una concepción postmarxista, en la que la lucha de clases ya no tiene que ver con el poder económico, sino con el poder ideológico, el pensamiento único, que en una de las tramas futuristas del filme, se llama Unanimidad. Como ya hiciera Griffith con la cuestión de la intolerancia en su filme homónimo, los directores de “El atlas de las nubes” ofrecen un montaje paralelo para mostrarnos esa esclavitud ideológica en distintos momentos de la historia, y la lucha de unos pocos elegidos por liberar a los oprimidos y darles a conocer la verdad. A esta “filosofía de la historia” interesante, pero poco original, se añade un envoltorio new age que sugiere una especie de transmigración de las almas o un alma única compartida por todos a lo largo de la historia. Esta unidad cósmica, que recuerda al eterno retorno nietzscheano, ofrece una trascendencia sin Dios, un más allá de la muerte real, pero abstracto, como un “estado” o “conocimiento”, ajeno a cualquier tipo de teísmo. El resultado es una obra tediosa, con indudables momentos de interés, pero fundamentalmente pretenciosa. J. O.






Searching for Sugar Man **** (8). En 1967, un joven obrero chicano de Detroit, Michigan, bajo el nombre de Rod Riguez, editó el sencillo “I’ll Slip Away” en el pequeño sello Impact. Tres años después, dos productores de estrellas como Marvin Gaye o Stevie Wonder le oyeron cantar en un bar de Detroit, se enamoraron de sus melodías y sus letras conmovedoras, de alto contenido social, y le ficharon para Sussex Records, una filial del sello Buddah Records. Ya con el nombre artístico de Rodriguez, grabó dos álbumes en Sussex: “Cold Fact”, en 1970, y “Coming from Reality”, en 1971. Sus productores creían que Rodriguez iba a ser uno de los grandes de su generación, comparable a Bob Dylan. Pero el éxito nunca llegó, y fue despedido de la discográfica, que cerró en 1975.

Por esas mismas fechas, el sello australiano Blue Goose Music reedito sus discos y sacó un álbum compilatorio, “At His Best”, que incluía grabaciones inéditas de 1976. Tres años después, el propio Rodriguez realizó en Australia una gira, acompañado por The Mark Gillespie Band. Dos de esos conciertos fueron editados en un álbum exclusivo para Australia, “Alive (Vivo)”. Tras realizar en 1981 una gira final por Australia, con el grupo Midnight Oil, Rodriguez se retiró completamente, en medio de rumores sobre su posible suicidio en el escenario: según unos, pegándose un tiro; según otros, quemándose a lo bonzo.

Mientras su nombre se perdía en el olvido o la leyenda, unas grabaciones piratas de sus canciones circularon por la Sudáfrica del apartheid, convirtiéndose en un verdadero fenómeno social, hasta el punto de que una de sus canciones, “I Wonder”, fue adoptada como himno de la lucha contra el gobierno segregacionista. En 1991, sin el conocimiento de la familia de Rodriguez, sus álbumes fueron editados en Sudáfrica, por primera vez en CD, convirtiéndose en disco de platino. Poco después, dos fans sudafricanos comenzaron a investigar por su cuenta qué había pasado realmente con su ídolo, del que desconocían incluso su nombre exacto.

El joven documentalista sueco Malik Bendjelloul conoció la alucinante historia de Sixto Díaz Rodríguez durante un viaje a África en busca de ideas. Y la ha convertido en un excelente documental, ahora nominado al Oscar después de triunfar en Sundance y ganar el Bafta y otros muchos galardones. Ciertamente, Bendjelloul pasa de puntillas por la etapa australiana de Rodríguez y por las relaciones de éste con su esposa, con el fin de potenciar la intriga en torno al cantante y la increíble repercusión de su música en Sudáfrica. Así, a través de jugosas entrevistas, sugerentes recreaciones animadas y valiosas fotografías y filmaciones de archivo, Bendjelloul va desarrollando ambas líneas narrativas, mientras las ilustra generosamente con las magníficas canciones de Rodriguez, muchas de ellas con letras alusivas a los conflictos dramáticos y sociales que se van describiendo, relacionados con los sufrimientos de los sectores sociales más pobres y marginados de las grandes urbes. El hipnotizado espectador queda así preparado para la explosión emocional de la recta final de la película, totalmente arrolladora.

En definitiva, un documental sobresaliente, que aprovecha hábilmente los recursos del cine de ficción y exalta certeramente la fidelidad a las propias convicciones, el cariño a los hijos y la humildad frente a las tentaciones de la fama. De visión obligatoria para los aficionados al género y para los amantes de la música moderna. J. J. M.





La extraña vida de Timothy Green (The Odd Life of Timothy Green) *** (6,5). Estamos ante un cuento de fantasía que pone el dedo en la llaga en cuestiones de actualidad como la paternidad y la educación. El arranque es muy clásico: una pareja feliz, Cindy (Jennifer Garner) y Jim (Joel Edgerton), recibe la dura noticia de su imposibilidad de engendrar descendencia. Enseguida se pone de manifiesto que depositaban todas sus esperanzas en ese hijo que no va a llegar: tenían decidido cómo iba a ser, qué aficiones iba a disfrutar, qué instrumentos musicales iba a tocar y qué deportes iba a practicar. Todo lo tenían escrito en un cuaderno: era un proyecto aparentemente perfecto.

La narración fantástica empieza cuando una noche aparece en su jardín de forma misteriosa un niño, Timothy (CJ Adams), ya crecido, que va a cumplir una a una todas las expectativas de sus nuevos padres. Pero ese niño posee una extraña peculiaridad: tiene hojas vegetales en los tobillos. Todo parece ir bien, y Cindy y Jim se desviven por ser los padres perfectos, llegando a ser en exceso controladores y timoratos, sustituyendo a menudo a su hijo en sus propias decisiones. Pero las cosas van a cambiar drásticamente cuando Timothy empiece a perder sus hojas.

Después de escribir los guiones de “¿A quién ama Gilbert Grape?”, “Mi mapa del mundo” y “Un niño grande”, el estadounidense Peter Hedges dirigió en 2003 la notable “Retrato de April”, a la que siguió en 2007 la también interesante “Como la vida misma”. Ahora, en “La extraña vida de Timothy Green”, adapta para Disney un argumento de Ahmet Zappa, también coproductor de la película. En la primera parte de este filme tenemos el antimodelo de padres: su hijo es un proyecto personal, por el que se desviven. Pero el desarrollo de la trama va desvelando la verdadera lección que ellos van a aprender: que la vida es un don, lleno a su vez de dones, y que la sabiduría está en acoger y aceptar esos dones sin pretensiones. Bien dirigida e interpretada, y con una bella banda sonora de Geoff Zanelli, la cinta no es enfática ni didactista, pero transmite un cierto aire capriano de espiritualidad positiva, aunque en la frontera entre un inmanentismo posmoderno y la apertura a un misterio sin rostro. ¿Quién “regala” al niño? ¿Quién se lo lleva? Esa providencia ¿es pura magia de la naturaleza o es “Alguien”? J. O.




Blue Valentine ** (5,5). Como si se tratara de una versión posmoderna y norteamericana de “Secretos de un matrimonio”, de Ingmar Bergman, esta cinta intimista del documentalista Derek Cianfrance (“Black and White: A Portrait of Sean Combs”, “The Power of Dreams - Dream the Impossible”) hace una disección meticulosa de la crisis por la que está pasando el matrimonio formado por Dean (Ryan Gosling), un pintor de brocha gorda, y Cindy (Michelle Williams), una joven doctora de Nueva York. La narración está concebida con una compleja estructura temporal, en la que las secuencias en tiempo presente se entrelazan con continuos flashbacks. De esta manera vamos tejiendo un cuadro impresionista de la relación de esta pareja, su historia, sus hitos, sus amenazas, sus puntos fuertes y debilidades. La película tiene un punto de incomodidad, pues testimonia con mucha precisión el sutil deterioro que va desde una divertida y romántica pasión inicial, a un punto de apatía y paulatino desmoronamiento del amor, sobre todo por parte de Cindy.

A pesar del tono crepuscular y melancólico del filme, incluso algo claustrofóbico, parece que Cianfrance apuesta claramente por la vida en la vigorosa escena del aborto. Aunque el filme ofrece un desenlace abierto, también da la impresión de que apuesta por el valor del matrimonio para toda la vida, como se deduciría de los diálogos finales. La película está rodada con fuerza, con mucho plano corto, cámara en mano, y sostenida por unas maduras interpretaciones de Ryan Gosling y Michelle Williams, por las que él obtuvo la candidatura al Globo de Oro 2011 al mejor actor dramático y ella, las nominaciones al Oscar 2011 a la mejor actriz y al Globo de Oro 2011 a la mejor actriz dramática. No se nos ahorran escenas fuertes, visuales o emocionales, y es difícil tomar partido por alguno de los dos personajes. Hay que resaltar el brillante aderezo musical, con canciones de Grizzly Bear, The Dirtbombs o Pat Benatar, entre otros. J. O.





Si fuera fácil (This is 40) ** (4). Conocido por sus comedias sexuales y escatológicas (“Virgen a los 40”, “Lío embarazoso”, “Hazme reír”...), pero sobre todo por su trabajo como productor de películas taquilleras de trazo grueso (“Supersalidos”, “Superfumados”, “Hermanos por pelotas”, “Todo sobre mi desmadre”, “La boda de mi mejor amiga”...), el guionista y director neoyorquino Judd Apatow retoma a los personajes Pete y Debbie, de “Lío embarazoso” (2007), para ofrecer una especie de “spin-off”. Ahora Pete y Debbie ya están casados, tienen dos hijas y están preparando el cuarenta cumpleaños de ambos. Pero la crisis amenaza por todos los flancos: el económico, el familiar, el sentimental, el físico y el psicológico.

Escrita, producida y dirigida por Apatow, la película está protagonizada por su mujer, Leslie Mann, y sus hijas Maude e Iris Apatow. En el rol de Pete está Paul Rudd, “alter ego” de Apatow, que ya interpretó su personaje en “Lío embarazoso”. La película sigue la ruta trazada por toda la filmografía precedente de Apatow, y ahora quiere entrar en los secretos de un matrimonio que vive la crisis de los cuarenta. A pesar del tono cómico del filme, de sus gags hilarantes y de lo zafio de sus bromas, lo cierto es que, pensada dos veces, es profundamente deprimente. Hace un retrato del matrimonio espeluznante: realmente los personajes están unidos por lazos tan frágiles que es milagroso que Pete y Debbie sigan juntos. Tratan de salir adelante aplicando recetas de manual de autoayuda saldado, dan muestras de inmadurez crónica y han sucumbido a todos los reclamos de una hastiada y aburrida sociedad postcapitalista: entrenadores espirituales, dietas sanas, enganche a las series televisivas, obsesión por la pasión sexual, terapias, culto al cuerpo... En el origen, dos familias disfuncionales: padres divorciados, vueltos a casar y, en ambos casos, un antimodelo. Larry, el padre de Pete (Albert Brooks), es como un niño pequeño, frívolo e irresponsable, que tiene tres hijos por fecundación in vitro de su nueva esposa. El padre de Debbie (John Lithgow), que la abandonó de pequeña, trató de rehacer su vida con otra mujer, y le va muy mal.

Lo que plantea el filme es que, en medio de esa inconsistencia personal, y de esa ausencia de verdaderos horizontes ideales, merece la pena tirar hacia delante. Y ese final, que parece exaltar la maternidad (y seguramente lo haga), no es más que un empujón para avanzar otro tramo en la relación. El diagnóstico, que puede ser el mismo que cintas como “Blue Valentine”, carece de la seriedad de aquella, y aquí el envoltorio es tan escatológico, que acaban cayéndote mal los personajes y su intrínseca crutez. J. O.


Siete psicópatas (Seven Psychopaths) ** (5). Tras una elogiada carrera como dramaturgo, el londinense Martin McDonagh debutó con buen pie en el cine en 2008 con el singular thriller “Escondidos en Brujas”, que le valió el Bafta y la nominación al Oscar al mejor guión original. En 2011 fue productor ejecutivo de “El irlandés”, primer largometraje de su hermano John Michael McDonagh. Ahora, Martin McDonagh vuelve a ponerse tras la cámara en “Siete psicópatas”, otro thriller fuera de madre, en el que extrema, si cabe, las características de su estilo.

Marty (Colin Farrell) es un alcohólico escritor de Hollywood, que no llega a fin de mes, ni logra sacar adelante un guión cinematográfico titulado “Siete psicópatas”. Intenta ayudarle su mejor amigo, Billy (Sam Rockwell), un actor sin empleo y ladrón de perros a tiempo parcial junto con Hans (Christopher Walken), un hombre religioso con un pasado violento. Billy y Hans se meten en un buen lío cuando roban el amado perrito de Charlie (Woody Harrelson), un gángster psicópata, imprevisible y extremadamente violento, que además anda inquieto por las ejecuciones de mafiosos que está cometiendo un misterioso asesino en serie. La situación ofrece a Marty numerosas ideas para su guión, pero también pone en peligro su propia vida.

Martin McDonagh intenta de nuevo el cóctel de thriller y comedia negra que ya propuso en “Escondidos en Brujas”, siguiendo en cierto modo las sendas abiertas por los hermanos Coen, Quentin Tarantino y Guy Ritchie. Logra así unas cuantas situaciones sugerentes, rodadas con vigor y resueltas con diálogos chispeantes y divertidos, no exentos de cierta crítica social incisiva. Pero, esta vez, McDonagh controla peor el ritmo narrativo, que se torna muy irregular. Además, permite a los actores un mayor histrionismo, que enrarece aún más el desquiciado argumento. Y, sobre todo, explicita demasiado los pasajes sexuales y las escenas hiperviolentas, algunas decididamente gore. Queda así, una desmelenada película coral, cuyos excesos devalúan notablemente sus aciertos. J. J. M.


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