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El adiós a un político de Estado

Desde aquella primera legislatura constituyente que abría un nuevo tiempo en la historia de España, hace ya treinta y siete años, Alfonso Guerra ha acudido al Congreso de los Diputados, legislatura tras legislatura, sin interrupción. Ayer un numeroso grupo de compañeros socialistas, y también diputados de otros partidos, le tributaban a las puertas de la sede de la soberanía nacional un caluroso aplauso de despedida.La historia de la política española contemporánea no se entendería sin Alfonso Guerra, un agudo, maniobrero y culto político andaluz que convirtió el servicio al Estado, desde su marcada ideología socialista, en un proyecto vital. Hombre discutido y discutible, supo desplegar los encantos de la persuasión, y también el aguijón de su ácida dialéctica, en una forma de hacer política que, en última estancia y en los grandes temas,  buscó el pacto y la concordia. Fue tan temido como admirado, dentro y fuera de su partido. Alfonso Guerra, en su despedida como legislador, se convierte en  símbolo del adiós a una generación de políticos entregada a la misión de convertir a España, en el marco de una Constitución ejemplar, en una nación unida y moderna, en paz y en libertad, garante del bienestar social.  Con sus defectos y virtudes, les vamos a echar de menos.

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