Santoral

Santa Catalina Labouré, testigo de la Milagrosa

Muchas de las festividades de la Iglesia aluden a otras, y se complementan entre ellas. Por eso, si ayer celebrábamos a la Virgen de la Medalla Milagrosa, hoy recordamos a Santa Catalina Labouré, difusora de esta Devoción Mariana. Nacida en Francia en 1806, es la séptima de diecinueve hermanos de los que sólo sobrevivieron siete. Huérfana de madre en plena infancia, tuvo que hacerse, desde temprana edad, cargo de la casa con la atención a la granja que tenían.

Para esto fue ayudada por su hermana Tonina, algo mayor que ella. Pronto sentirá la llamada de Dios a la vida consagrada, en medio de muchas dificultades donde ha de servir como criada dentro del negocio de sus hermanos. Su padre cuando le pidió con tan sólo 14 años irse de religiosa no se lo permitió. Sin embargo, la Providencia no ceja en su empeño, hasta que Catalina ingresa en las Hijas de la Caridad. Un tiempo antes, mientras esperaba ese momento, desconocido para ella, había tenido una visión la visión.

Un Anciano que le decía que un día serviría en un cairsma dedicado a los enfermos. Fiel al Carisma de San Vicente de Paul, asiste a los enfermos en los hospitales, así como a los necesitados. Un espíritu de caridad que provenía de su gran experiencia de Oración ante el Señor, hasta el punto de aparecérsele la Virgen, pidiéndole que propagase la devoción a su Medalla Milagrosa, en el mes de julio de 1830.

Los últimos años de su vida transcurrieron en un clima de vida escondida cumpliendo la voluntad de Dios en las pequeñas tareas cotidianas, sin dejarse apenas notar. Tal y como recalca el Evangelio: “Cuando practiques la caridad nos seas como los farsantes que desfiguran su cara”. Santa Catalina Labouré muere en el 1876, siendo canonizada por el Papa Pío XII. Su cuerpo se encuentra incorrupto en la Capilla de las Apariciones de Rue du Bac en París.


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