MARTES 28 DE AGOSTO

Agustín de Hipona, un santo que costó lágrimas

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Tiempo de lectura: 2' Actualizado 11:07

Si ayer celebrábamos a Santa Mónica, hoy la Iglesia recuerda a su hijo San Agustín. Nace en Tagaste, en la actual Argelia, en el año 354. Agustín ve diferencias entre su padre y su madre. Patricio es indiferente. No se preocupa de la educación y dejaría al hijo hacer lo que quiera. Mónica, muestra una confianza en Cristo que, para Agustín, roza el fanatismo. La madre de Agustín sigue a un Dios, que nada tiene que ver con los ídolos de moda.

Ve que su madre le quiere, pero que busca por todos los medios llevarle a la senda cristiana. Él, lo único que se siente, es que la juventud le invita a vivir la vida. Sus fiestas humanas le volvían una persona cada vez más aparentemente alejada de Dios. Pero ahí estaba su madre Mónica pidiendo por el hijo. Surgen algunas contradicciones y Agustín toma un camino de búsqueda.

Empieza a preocuparse por lo que puede pasar después de morir y la existencia de un Ser Superior. Entonces se acerca al maniqueísmo, doctrina errónea defendida por el persa Manes, que defendía la oposición entre un dios bueno y Satanás, al que daba la categoría de dios malo. Esto asustó más a Mónica: el hijo por el que pedía había entrado en una desviación total. Pero un día tuvo una visión. Ella estaba en un barco de paz y luz y su hijo en otro barco y una voz le decía: "¡Tranquila! Un día estaréis en el mismo lado". La madre se lo dijo a Agustín quien lo interpretó como que la madre iba a ser maniquea, no entendiendo bien el sentido.

Poco después, Mónica encontró consuelo en las palabras de un obispo llamado Ambrosio y al final, entre lloros, le contó su problema. El obispo le dijo con paz: “Un hijo que ha costado tantas lágrimas no puede perderse”. Y así pasó porque Agustín se convirtió y Ambrosio le bautizó en la noche de Pascua. Una de sus frases más llamativas fueron: "¡Oh Belleza mía! (en alusión a Dios) ¡Qué tarde te conocí y te amé!".

Nombrado obispo de Hipona, estudió bastante a Platón, de cuyas fuentes filosóficas bebió. Completó a San Ambrosio en sus catequesis sobre la Pascua y los catecúmenos, que son los adultos que se preparan para recibir el Bautismo. Una de sus obras es la Ciudad de Dios, donde habla de la Patria Celeste, en cotraposición a los bienes terrenales que hay en la tierra. Muere el año 430 y es uno de los grandes Padres de la Iglesia.

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