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Arde Notre Dame

Un Lunes Santo tranquilo. Y llega un Whatsapp diciendo que está ardiendo Notre Dame. Y se me ha encogido el alma.

Txomin Pérez

Txomin Pérez

Periodista Diócesis de Palencia

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 09:04

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Tenía pensado escribir de otra cosa. Había escrito otra cosa. Estaba siendo una tarde de Lunes Santo de lo más tranquilo. Un rato jugando en la plaza con el pequeño y para casa. Y llega un whatsapp diciendo que está ardiendo Notre Dame. Y os prometo que se me ha encogido el alma. Desolador. Una tragedia. Y a estas horas -las 22.30 del día 15- no sabemos en qué acabará todo esto y cuáles serán los daños. Y no sé muy bien qué sentir…

Puedo intentar imaginar el dolor de los parisinos… pero me es imposible llegar a entenderlo del todo. Alguna vez he imaginado esto en mi casa, en mi Palencia, en mi Catedral... y se me retuerce el cuerpo. Que no lo veamos nunca. El testigo material de una fe a lo largo de los siglos, y toneladas de arte y belleza... se van en un momento.

Decía el sacerdote palentino D. Ángel Sancho –uno de los más grandes amantes y entendidos del arte sacro que ha habido en España- que "la catedral no es solamente esa montaña de armoniosas piedras que vemos o esa emoción y admiración que suscita al contemplarla. Es algo más que la geometría y el cálculo del arquitecto; más que el trabajo de los albañiles y el afecto de las multitudes; más que la suma conmovedora de tantos esfuerzos y de tanto amor. La catedral es, sobre todo, una idea, una palabra construida" y añadía que "toda catedral viva es un libro" que nos enseña a "amar y situar en su sitio justo al mundo, al tiempo y a la vida humana, todo, desde el anuncio gozoso de la Buena Nueva salvadora".

Pienso en mi Catedral de Palencia, pienso en París… y sigo con Don Ángel… "los conjuntos catedralicios de las viejas diócesis son un reflejo y síntesis de la historia, de las creencias, de la vida y de la cultura de sus gentes, configurando un rasgo manifestativo de nuestra civilización. Ni España ni Europa serían las mismas sin sus catedrales y sus monasterios". Ni España, ni Europa, ni París, ni Palencia, ni París.

Y una cosa os voy a confesar, al ver arder Notre Dame… el “arte” no ha sido en lo que primero he pensado. Mi primer recuerdo ha sido para mucha gente sencilla a la que -en Palencia- puedo poner rostro. Jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, sacerdotes, religiosas, laicos… Que todos los días buscan y encuentran un rato para acercarse a la Catedral. Para estar cinco minutos o una hora. En solitario silencio o participando como comunidad en la Eucaristía. Delante del Sagrario junto al sepulcro de San Manuel González. Casi siempre sentándose en el mismo banco.

Estas gentes sencillas a las que puedo poner rostro, hacen que la catedral de Palencia esté viva y que responda a su fin original: ser un lugar de encuentro con Dios. Llevan el testigo de lo que ya hacían los cristianos de Palencia en el S. VII cuando se reunían en lo que hoy es la Cripta de San Antolín.

Miro a Notre Dame ardiendo, y pienso en las buenas gentes que acuden a diario a encontrar esos cinco minutos de encuentro con Dios… a una pequeña capilla y siempre al mismo banco. Por todos ellos, y para todos ellos, mi oración sincera en el día de hoy.

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