Boletín

El conflicto del taxi, señal de cambio

Òscar Martí

Òscar Martí

Periodista de la Archidiócesis de Barcelona

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 12:49

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Vivir en las grandes ciudades de nuestro país es hoy un poco más difícil. Y no es por culpa del precio del alquiler de los pisos ni del fenómeno de la gentrificación, que también. Quiero fijarme en los problemas de movilidad que estos días provocan los cortes en el tráfico organizados por los taxistas. El colectivo del taxi inició hace unos días en Barcelona unas protestas que poco a poco se extienden en otras ciudades españolas. Piden la modificación de un proyecto de ley del gobierno autonómico catalán que pretende regular la actividad de los coches de alquiler con conductor, una nueva manera de moverse por nuestras calles que ha llegado para quedarse.

El caso es que, con la tecnología como aliada, empresas de la “nueva economía” (Uber, Cabify…) ofrecen servicio de transporte privado con conductor a un menor precio que lo ofrecen los taxis e innovan en la manera en la que prestan su servicio, sirviéndose fundamentalmente de los dispositivos móviles de sus clientes. Esta práctica supone una competencia desleal, según valoran los taxistas, quienes deben hacer frente a unos costes (licencias, impuestos…) que los conductores de los denominados vehículos VTC tienen en menor medida. La intención de los taxistas es bloquear las grandes ciudades de nuestro país para denunciar este agravio. Esta situación pudiera parecer un signo de nuestro tiempo en el que un sector profesional lucha por proteger unas circunstancias que la coyuntura social y económica está decidida a cambiarlas.

Nuestros políticos tratan de mediar en una lucha entre lo moderno y lo tradicional. Sea cual sea la resolución de este conflicto, esta pugna pone en evidencia que los taxistas deben mejorar su propuesta de servicio e introducir la tecnología para adecuarse al estilo de vida de sus clientes. Unos clientes que siempre han tenido la necesidad de desplazarse y la seguirán teniendo. Pero las condiciones en las que quieren recibir este servicio parecen haber cambiado. Salvando las distancias, ¿se imaginan que en lugar de hablar del taxi habláramos de la religión católica? ¿Se imaginan que en lugar de taxistas habláramos de obispos, sacerdotes, diáconos, laicos y todos los que formamos la Iglesia? ¿Se imaginan que en lugar de Uber o Cabify habláramos de “mindfulness” o de “coaching”? Pues eso.

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