La vida eterna

La vida eterna
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Mons. Vicente Jiménez Queridos diocesanos: El Nuevo Testamento llama vida eterna al vivir, siempre y plenamente, en la intimidad y cercanía de Dios. Incluye la participación en la felicidad propia de Dios y también el disfrute, con todos los bienaventurados, de la paz y alegría sin fin que procura la visión de Dios. La vida eterna es la culminación de nuestra actual vida de gracia en Jesucristo y en el Espíritu Santo, que empieza ya aquí en la tierra como una semilla en el Bautismo.
a vida eterna no hace caer a los bienaventurados en una quietud total, ni éstos quedan absorbidos por Dios de manera que pierdan su conciencia y actividad. Todo lo contrario: los justos, sumergidos en el misterio de Dios, en su felicidad, no dejarán de hacer, con gozo y libertad,la voluntad del Señor respecto delos demás hombres y respecto a la creación entera.
La Iglesia se apoya en el Nuevo Testamento y en su Tradición viva para proclamar la felicidad de los justos después de su muerte o una vez terminada su purificación en el purgatorio. Cree firmemente que quienes han muerto en amistad con Dios, estarán con Cristo y vivirán para siempre con Él; contemplarán a Dios cara a cara como Él es, con gozo y en comunión con todos los elegidos. Incluso los que sin culpa suya, no son cristianos, pero han permanecido fieles a la voz de su conciencia, participarán en la felicidad eterna con el Señor, pues la acción invisible del Espíritu Santo en sus corazones, los unirá al misterio pascual de Jesucristo.
El cielo
El lenguaje de la Iglesia llama cielo a ese estado de felicidad completa: es una imagen empleada para designar "lo que Dios preparó para aquellos que le aman y que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar". La palabra cielo expresa, por tanto, el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno. La Sagrada Escritura emplea también la palabra banquete para dar a entender con
ella la más íntima y gozosa comunión con Dios y con los santos.
El purgatorio
El purgatorio o purificación final es el sufrimiento de los que mueren en la paz y amistad de Dios y están ciertos de su salvación, pero necesitan aún ser purificados para llegar a gozar de Dios mismo.
Con frecuencia el hombre no alcanza en esta vida la justicia y la caridad total. En cierto modo, sus cotidianas fragilidades y pecados, que la Iglesia llama veniales, le impiden dejar de ser pecador.
Sin embargo, el amor misericordioso de Dios hace posible que, incluso después de la muerte, la vida de un hombre pueda purificarse de todo lo que le detiene en su camino hacia Dios. El amor de Dios le hace madurar librándolo dolorosamente de lo que, durante la vida terrena, ha quedado a medias, imperfecto e inacabado.
Desde los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia peregrina tuvo la conciencia clara de que todos los cristianos estamos unidos en el Cuerpo de Cristo y, por consiguiente, vivimos comunicados unos con otros en Él. Por esa razón, la Iglesia
siempre recordó con gran piedad a los difuntos y los encomendó a la misericordia de Dios. En favor de ellos ofrece la Eucaristía, limosnas y otras obras de misericordia y penitencia porque "es una idea piadosa y santa orar por los muertos,
para que sean liberados del pecado" (2 Mac 12, 46).
Es bueno y provechoso orar y ofrecer la Santa Misa y obras de misericordia y penitencia a Dios por los difuntos porque, con estos actos, nuestro amor hacia ellos los encomienda a la misericordia de Dios para que entren ya de una vez en su gloria.
Pero la Iglesia, sacramento universal de salvación, no sólo ora en su Plegaria Eucaristía por los cristianos que murieron con la esperanza de la resurrección. También lo hace por todos los hombres que murieron en la misericordia de Dios y cuya fe sólo Él conoció. Al orar y actuar así la Iglesia expresa lo que cree sobre este
misterio de nuestra fe.
El hombre que muere necesitado de purificación ya no puede separarse de Dios, pero tampoco puede salvar por sus propias fuerzas el trecho que le falta para ver a Dios a cara descubierta y gozar de Él.
Lo que llamamos estado de purificación o purgatorio es Dios mismo en su amor santo y en su poder purificador y vivificador que actúa en favor de los hombres no
revestidos aún de la santidad y madurez necesarias para unirse totalmente a Él.
Con mi afecto y bendición,
+ Vicente Jiménez
Arzobispo de Zaragoza





