¿Solos mejor?
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Mons. Agustí Cortés Sería una maravilla que el descanso vacacional nos sirviera para crecer en el amor. Pero no es fácil. Más bien es de temer lo contrario. Porque lo más normal es que el de las vacaciones sea un tiempo pensado desde y para uno mismo. En cierto modo es lógico. El trabajo cotidiano generalmente nos obliga a realizar muchas cosas que vienen exigidas por normas o por la voluntad de otro? Una presión que vemos compensada por un tiempo dedicado a hacer únicamente lo que a uno le gusta y a tratar con la gente cuya compañía nos satisface.
¿Las vacaciones serán una de tantas actividades centradas en uno mismo, en los propios intereses, como lo son la mayoría de las que componen nuestra vida cotidiana? En realidad, la vida centrada en uno mismo es la vida "estadísticamente más normal". Es la manera de entender la existencia que suele impregnar el trabajo, la diversión, el ocio y hasta las relaciones sociales, la política y la cultura. No es extraño que motive también el descanso.
Pero no es menos verdad que esta forma de vivir ocasiona mucha soledad. La salida del Reino Unido de la Comunidad Europea nos ha hecho pensar, una vez más, en ese "yo colectivo" cerrado y centrado en los propios intereses y los propios valores, frente a realidades sociales más amplias y universales. Los otros, lo que viene de fuera, es menos valioso que lo nuestro, o nos perjudica, o nos explota, o nos amenaza, o incluso es enemigo?
No se trata de un fenómeno que ocurra únicamente en el ámbito de la política internacional. Es un hecho que vemos también en la vida social y personal más cotidiana. A veces la soledad se sufre como víctima y otras veces es buscada voluntariamente. Da que pensar el dato estadístico de la subida exponencial del número de personas que viven solas, muchas de ellas como consecuencia de fracasos matrimoniales o familiares, o bien como resultado de una opción consciente y autónoma. Aún más preocupante es comprobar que la mayoría de las agrupaciones se crean, bien para defender intereses comunes, es decir, para defender los intereses de cada uno, bien para establecer una defensa común frente a un adversario. Con lo cual no salimos de la soledad. Ésta, en efecto, no solo puede ser individual, sino también colectiva.
Quienes eligen la soledad, la ruptura y la separación de los otros, están muy seguros del propio valor, al menos lo prefieren y lo afirman ante los demás. La soledad viene a ser un refugio frente a agresiones externas, porque se está muy convencido de que siempre será mejor apoyarse en las propias capacidades que fiarse de las ajenas.
En todo caso, el interés propio predomina sobre el interés del otro. Difícilmente quien elige la soledad apartándose del resto llega a pensar si acaso esa separación perjudica al otro, o que permanecer vinculado al otro pueda ser un beneficio para el conjunto.
Tal como entendemos desde la fe cristiana las relaciones humanas, en todos los ámbitos, la apertura, el contacto, el pensar en el otro y en el conjunto, el establecimiento de vínculos, el intercambio, el trabajo conjunto, significan crecimiento, avance, desarrollo. Sólo se ha de cumplir una condición: que esas relaciones no anulen lo que cada uno es, que respeten la identidad de los sujetos.
Sea en descanso, sea trabajando, quien no quiera morir de soledad, deberá hacer suyo este gran principio: salir de uno mismo a favor de los otros, nunca será perderse, sino ganarse. Y quien siga por este camino hallará otra verdad más luminosa aún: "quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la hallará", dijo Jesús (Mt 10,39).
? Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat





