¿Política en nombre de Dios? (y V)

¿Política en nombre de Dios? (y V)

Agencia SIC

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Mons. Agustí Cortés Como se pretende que Dios esté ausente del espacio público y de la realidad concreta y cotidiana de las personas, o que la idea de Dios quede indefinida, sin nombre, para que no se vea excluida ninguna religión ("tradición" se dice ahora), "en nombre de Dios" se puede hacer cualquier cosa. Comprobamos que, desgraciadamente, en nombre de Dios incluso se puede practicar el terrorismo.

¿Es legítimo hacer política en nombre de Dios?

La política en democracia, como ejercicio del poder social y de gobierno, se ha de hacer en nombre de la persona humana. Otra cosa es que el valor de la persona humana, sus derechos y deberes, su dignidad y su sentido, no se lo otorgue la política, sino su origen y su destino. Éstos son previos a la política, no dependen de un régimen o de una acción política, sino de su propio ser y su naturaleza.

Ahora bien, sí que se puede y se debe hacer política en nombre de Dios. Un cristiano debe hacer todo en nombre de Dios: el trabajo profesional, las tareas cotidianas en el hogar, la convivencia ciudadana, el deporte, la diversión, el descanso, el estudio, la creación cultural o artística? Creer en el Dios de Jesucristo determina toda una forma de vivir. Una forma de vivir que, si bien por un lado delimita el campo de actuación (no te permite hacer según qué cosas), por otro lado acentúa, estimula, capacita, para realizar acciones que hacen crecer la persona humana (eleva a virtud todo aquello que es verdaderamente humano).

El problema sobreviene cuando alguien pretende que la decisión y la acción propia, sea justamente la que Dios quiere. Es como sacralizar una opción y una conducta que son fruto inmediato de la libertad humana. Estamos entonces ante uno de los rostros del llamado "fundamentalismo".

Cuando esta manera de proceder se aplica a la política, las consecuencias son terribles. Porque el fundamentalismo político no solo afecta a una persona o grupo reducido, sino que se impone a toda la sociedad: la opción política concreta adquiere todo el peso, toda la carga obligatoria, que solo es propia de la voluntad divina. El político fundamentalista no lo dirá así, porque perdería votos, si mezclara su discurso público con alguna referencia a Dios. Pero de hecho no admite crítica, su opción política aparece como absoluta e inamovible. En parte esto se entiende porque su asesor de imagen y comunicación le han dicho que el líder político, si quiere tener éxito, ha de mostrar convicción y seguridad sin fisuras en sí mismo y su proyecto. Algunos quisieran que la Iglesia aportara ese plus de autoridad a su propia opción política apoyándola en nombre del Evangelio. Pero en el Evangelio (en nombre del Dios de Jesucristo) otras muchas opciones políticas son posibles.

Uno a veces lamenta el sufrimiento del político sinceramente cristiano. No podrá olvidar que la política es esencialmente servicio al pueblo y que una compañera inseparable del servicio es la humildad. Pero, ¿es posible la humildad en el ámbito de la política, tal como funciona hoy?

No deja de ser llamativo que la única garantía de que haga posible el diálogo entre opciones políticas sea admitir que existe una realidad transcendente, más allá de las opciones concretas. En nombre de Dios se pueden cometer muchos abusos de carácter fundamentalista. Pero de lo que sí estamos seguros es de que actuar correctamente en nombre del Dios de Jesucristo permite llevar adelante una política verdaderamente al servicio de la persona humana.

? Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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