Para gestar nuevos cristianos "Monstra te esse matrem"

Para gestar nuevos cristianos "Monstra te esse matrem"

Agencia SIC

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INTRODUCCIÓN

Durante el presente curso se cumplirán, D.m., los cincuenta años de mi ordenación sacerdotal (8 de julio de 1971) y los veinticinco años de mi consagración episcopal (14 de abril de 1996). Esta larga trayectoria se me presenta como una ocasión de gracia para recordar con gratitud los dones de Dios siempre inmerecidos, para reconocer con humildad todas mis deficiencias, errores y pecados y, también, para hacer memoria de la asistencia divina y de la experiencia acumulada a lo largo de estos años.

Desde mi más tierna infancia fui educado por mis padres, por mis maestros y por la tradición de mi pueblo (Cocentaina, Alicante) en un amor grande a la Santísima Virgen María con la advocación de Virgen del Milagro (la Mare de Deu). Era costumbre entre mis paisanos visitar diariamente el santuario de la Virgen, invocarla en cualquier ocasión, particularmente en los momentos decisivos de la vida, y celebrarla juntos como Madre con verdadera alegría y entusiasmo. En aquellos

momentos a nadie extrañaba que a los seis años ya supiera rezar el Santo Rosario con las letanías en latín.

Recién nacido fui consagrado a la Virgen y Ella me ha acompañado como buena Madre a lo largo de toda mi vida. Para mí

la piedad mariana ha sido algo connatural y Ella ha sido siempre mi intercesora y mi punto de referencia en la fe. Por eso al tener que escoger un lema para mi episcopado no pude menos que recurrir al himno Ave maris stella (Salve, estrella del mar) en el que se dice en una de las estrofas Monstra te esse matrem (Muestra que eres Madre).

Tengo que aclarar, sin embargo, que, si observáis mi escudo episcopal, esta maternidad va referida tanto a la Virgen María como a la Iglesia. Por eso en el escudo observaréis la referencia al bautismo (una cruz sobre las aguas), la simbología eucarística del colegio de San Juan de Ribera donde estudié la teología, y la representación del Espíritu Santo (la paloma con siete rayos ? siete dones) junto al anagrama de la Virgen (la A superpuesta a la M).

Más allá de las connotaciones biográficas, en el escudo episcopal quise poner de manifiesto la importancia de la gestación de los cristianos (lo que llamamos iniciación cristiana) a través del ministerio de la Iglesia (la familia-iglesia doméstica y la comunidad cristiana), que tiene su modelo en la Virgen quien, con su fiat (hágase), concibió por obra del Espíritu Santo y dio a luz al Hijo de Dios, al Redentor del hombre.

Fui ordenado sacerdote a los veinticuatro años y en mi primer nombramiento fui enviado como coadjutor a la parroquia de San Juan Bautista de Manises, ciudad cercana a Valencia. Cuando celebraba la Santa Misa la Iglesia estaba llena de niños, jóvenes, matrimonios y adultos. Cualquier acto que se organizaba en la parroquia era multitudinario, todavía en 1971. Estuve sólo dos años, el tiempo suficiente para visitar a todas las familias en sus casas. Inmediatamente comprendí que el gran punto de apoyo para la transmisión de la fe y la custodia de la tradición católica era la familia.

En las propias casas teníamos la preparación del Bautismo con celebraciones muy cuidadas a las que acudían los parientes. Del mismo modo la preparación individualizada de los novios, más allá de los cursos prematrimoniales, era también en las casas. Con el paso del tiempo, fruto de las visitas, organizamos varios grupos de matrimonios siguiendo un plan establecido de oración familiar y formación que incluía retiros y ejercicios espirituales.

Los niños, adolescentes y jóvenes estaban agrupados en la catequesis parroquial, en el movimiento Junior de carácter diocesano y en los grupos juveniles. Con ellos organizábamos semanas de la Juventud, campamentos de verano y salidas a la montaña en las que no faltaban nunca los momentos de piedad mariana, la celebración de la Santa Misa, la Confesión y las charlas de formación adaptadas a cada edad; grupos de teatro, música, etc.

Mirado desde fuera todas estas piezas estaban en su sitio, pero de frente venía un vendaval arrollador del que había que defenderse y contrarrestar con propuestas concretas que siguieran un proceso continuado y que respondieran a las exigencias concretas de su vida.

En aquel momento, en España, se juntó el llamado postconcilio con el cambio de régimen donde se propició una actitud de aceptar todo lo "nuevo" por ser nuevo sin pararse a distinguir entre lo "bueno", lo "menos bueno" y lo pernicioso o "malo". Tan sólo estuve en Manises dos años, siendo trasladado a Roma para ampliar estudios y procurar el Doctorado en Teología Moral. Me fui llorando al tener que dejar a los primeros fieles que se me habían confiado y a los que con tanta ilusión dediqué mis primeros pasos en el sacerdocio.

En Roma encontré un ambiente en ebullición. Eran los años del postconcilio y del disenso respecto a la Carta Encíclica del Papa San Pablo VI, Humanae vitae, referida al amor conyugal y a la procreación. Si el ambiente romano era confuso, en España se estaba operando una "deconstrucción" de la cultura cristiana galopante, fundamentalmente en la universidad y en algunos medios de comunicación. El ambiente de novedad, de disenso en algunos casos y de secularización penetró en el interior de la Iglesia, de tal modo que a mi regreso de Roma el ambiente que noté era ya muy distinto del que conocí en 1971. Pocos

años fueron suficientes para ir desmoronando un edificio (la propia Iglesia católica) que se mostraba compacto y, a su modo, fecundo.

(Sigue…)

+ Juan Antonio Reig Pla

Obispo de Alcalá de Henare

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