El Pan de la Palabra. IV Domingo de Pascua
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Mons. José María Yanguas En este cuarto domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, la liturgia de la Palabra nos presenta unas lecturas preciosas que nos invitan a poner los ojos en el Pastor bueno y hermoso que, como dice hoy Enzo Bianchi citando el epitafio de la tumba de un cristiano del siglo II, nos alcanza con la mirada de sus ojos, grandes y profundos como el misterio que en él habita.
os que provenimos del mundo rural tenemos multitud de imágenes de pastores y pensamientos relacionados con el mundo pastoril que nos vienen a la cabeza en estos momentos: trabajo duro, abnegado, que no entiende de días libres, también imágenes bucólicas? Pero, además, la Biblia nos ofrece un buen repertorio de imágenes pastoriles: Abel, Abrahán, Moisés, David? Personajes todos ellos muy importantes en la historia de salvación que Dios mismo conduce. Los mismos reyes en la historia de Israel son comparados con los pastores y la tarea o misión que Dios les encarga se comprende como pastoreo en su nombre. Sin embargo la experiencia del pueblo de Dios fue que muchas veces éstos no se comportaron como es debido y, en lugar de servir al pueblo, se sirvieron de él y se aprovecharon en beneficio propio. El profeta Ezequiel, ante este comportamiento que desembocó en el exilio, tiene las palabras más fuertes contra estos pastores que esquilman al pueblo y anuncia en el horizonte un día en que será Dios mismo el que vendrá y, como buen pastor, se colocará al frente de su pueblo y tendrá un cuidado especial por las ovejas más débiles: enfermas, recién paridas, descarriadas?
Ese día que los profetas fueron intuyendo en el horizonte a base de mirar con una mirada profunda se ha hecho realidad en Jesús de Nazaret. Él es Dios mismo en persona, el Dios encarnado que se pone al frente del pueblo como pastor bueno y hermoso, pastor de mira grande y profunda, llena de amor. Jesús, observador atento de la vida que le rodeaba estaba acostumbrado a ver pastores. Su tradición judía, su propia experiencia de contacto directo con la naturaleza y con la vida cotidiana y rural de Galilea, le llevó a hablar de Dios como pastor: Dios es como ese pastor atento y dedicado al que ha visto buscando con denuedo a la oveja que se ha perdido mientras pastoreaba, quizás debido a su debilidad o despiste. A ese Dios buen Pastor Jesús le ha rezado con el salmo 22: "El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hacer recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan". Y con ese Dios se ha identificado hasta el punto de presentarse como el pastor bueno que da la vida por las ovejas.
Leídas estas palabras en plena Pascua, a la luz de la muerte y resurrección de Jesús, como las recordó y escribió también el evangelista Juan, cobran una profundidad y una solemnidad aún mayores. Jesús se revela como Dios en persona ("Yo soy") en la función de pastor bueno que da la vida por sus ovejas, del que ha luchado contra todos los peligros, hasta combatir contra el lobo, que es la muerte, y salir vencedor precisamente porque ha entregado la vida con un amor sin medida.
Ese pastor tiene una relación especial con sus ovejas: las conoce, tiene con ellas una relación de intimidad, a cada una y a todas las ama con un amor extremado, porque por cada una de ellas ha entregado su vida. Jesús, buen pastor, introduce a sus ovejas en la intimidad de Dios. Pero si por algo se caracteriza este pastor es por la entrega de su vida. Por tres veces habla de ello. Ha dado su vida para que nosotros tengamos vida, la vida de Dios; la ha entregado para que nosotros podamos experimentar el amor que Dios nos tiene, como dice la segunda lectura, un amor que nos ha convertido en hijos suyos, anticipo de ese destino de gloria, de eternidad que ahora podemos intuir y saborear, y que un día se va a ver cumplido.
Movidos por este amor, agradecidos, sintiéndonos encontrados por el Buen Pastor de silbos amorosos y cargados sobre sus hombros llagados por el peso de la cruz pero vencedor de la muerte, le podemos decir con las palabras de Lope de Vega
Pastor que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
Tú que hiciste cayado de ese leño,
en que tiendes los brazos poderosos,
vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño,
y la palabra de seguirte empeño,
tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye, pastor, pues por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.
Espera, pues, y escucha mis cuidados,
pero ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar los pies clavados?
Ante este Buen Pastor, muerto y resucitado, degollado pero en pie, en medio de la comunidad apareciendo vivo con las señales de la pasión en sus manos, pies y costado, pedimos por nuestros pastores, por el papa Francisco, que con su frescura y su olor a oveja nos recuerda a todos los demás, obispos, sacerdotes y diáconos, que hemos de estar en medio de nuestra gente, con el mismo estilo y las mismas formas que las de Jesús, Maestro, Señor y Buen Pastor de ojos grandes y mirada compasiva.
+ José María Yanguas
Obispo de Cuenca





