La paciencia de Dios
Publicado el - Actualizado
3 min lectura
Mons. Gerardo Melgar Queridos diocesanos:
El Evangelio de este domingo nos habla de la paciencia de Dios con los seres humanos, con los pecadores, para que nos convirtamos a su amor. En la página evangélica, Jesús recrimina a aquellos que le venían hablando de los galileos que Pilato había hecho matar; les dice que aquellos no eran más culpables que los demás galileos y aprovecha la ocasión para decirles que también ellos necesitan convertirse, que Dios tiene una paciencia infinita con todos pero que pide también frutos. Para hacerles entender el proceder de Dios, siempre lleno de misericordia y paciencia, les expone la parábola de la higuera a la que el dueño acudió a buscar higos pero no encontró ninguno.
En el texto, Dios es el viñador; cuando a los hombres nos parece que el comportamiento normal de Dios sería que, si no da fruto, se arranque la higuera para que no ocupe sitio, Él siempre decide esperar. Dios espera los frutos de nuestra conversión y, cuando llama a nuestro corazón para pedirnos cambio de vida pero nosotros le decimos "quizá mañana", Dios espera. Dios, por su infinito amor, espera siempre. Pero la paciencia de Dios con nosotros no es una espera, por así decir, de brazos cruzados sino una espera en la que, por su parte, se compromete a cuidarnos más, a llenarnos más de su gracia para que podamos dar fruto. Dios es un Dios paciente y misericordioso, que llama una y mil veces a la conversión al pecador; no lo abandona nunca a su suerte sino que está pendiente de él para ver si decide volver a la casa paterna de la que se ha ido.
Estamos viviendo el Jubileo de la misericordia. La Iglesia nos recuerda que a Dios, que es padre y madre, se le conmueven sus entrañas ante el pecador que necesita de su perdón, cariño y cuidado. Su amor y su misericordia son infinitos; por eso tenemos que convencernos de algo fundamental: por muchos o muy graves que sean nuestros pecados, muchísimo mayor es el amor y la misericordia de Dios con nosotros. Nunca podemos olvidar la misericordia de Dios que está pendiente de nosotros en todo momento aunque nosotros lo tengamos olvidado o lo hayamos sacado de nuestra vida. Él espera siempre nuestra conversión, nuestra vuelta al camino por el que Él nos llama a la felicidad. Siempre es hora de convertirnos, de abrirnos a la misericordia divina y no de dar vueltas a nuestros pecados.
Amor con amor se paga. Si nosotros recibimos tanto amor de parte de Dios hemos de pararnos a pensar, especialmente en esta Cuaresma: ¿dónde estoy yo situado respecto a la fe? ¿qué me estará pidiendo Dios que cambie en mi vida? Ante un amor incondicional como el que Dios nos ofrece tenemos que preguntarnos cómo estamos respondiendo a tanto amor: ¿qué interés tengo yo por Él, por su mensaje y por llevar una vida de acuerdo con lo que Él me puede estar pidiendo? Que este Dios paciente y misericordioso, que está dispuesto a cavar nuestra vida, abonarla con su gracia para que demos fruto, encuentre un día en nosotros el fruto que ha venido tantas veces a buscar y no ha encontrado.
+ Gerardo Melgar
Obispo de Osma-Soria





