Nuestra fe, el don más grande (1)

Nuestra fe, el don más grande (1)

Agencia SIC

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Mons. Joan E. Vives Durante estas semanas de verano, en el Año de la fe, os escribiré con la intención de profundizar juntos en el mayor don que hemos recibido del Padre del cielo: el don de la fe. La fe es el tesoro intangible que debemos comunicar e irradiar en el mundo, pero muy a menudo, nos damos cuenta que no tenemos ni los instrumentos, ni la capacidad para mostrar a nuestros conciudadanos la maravilla que atesora este don. Quisiéramos hacerles ver cuán maravillosa es la fe en Cristo, esta relación interpersonal que cada uno establece con Él; quisiéramos que participaran de este regalo, pero nos sentimos, demasiadas veces, impotentes y experimentamos lo mismo que sentía Juan Bautista cuando se definía como "una voz que grita en el desierto" (Lc 3,4). Me propongo reflexionar sobre las preocupaciones de la vida cotidiana, para posteriormente mostrar los ejes de nuestra espiritualidad y hacer ver cómo Jesucristo no es una idea abstracta, ni una teoría imprecisa, sino el bálsamo de todos nuestros males, Aquel que viene a liberarnos.

Vivimos una época de profundas transformaciones, no sólo en el plano económico y social, sino también cultural y espiritual. Estas transformaciones afectan de lleno a nuestro modo de vivir y de relacionarnos, pero también hacen temblar nuestros fundamentos y nos exigen pensar, a fondo, por qué creemos lo que creemos, qué razonabilidad tiene la fe que profesamos; cómo nutrir y enriquecer nuestra vida espiritual. Las innovaciones tecnológicas en el campo de la comunicación que nos hacen vivir en red. El creciente proceso de globalización que nos lleva a un mundo nuevo, lleno de perplejidades, pero que también nos pone en contacto con culturas y tradiciones espirituales que desconocíamos. Nuestra sociedad crece en pluralidad, fruto de los flujos migratorios y de la precariedad de la vida laboral. Entramos en contacto con personas que tienen convicciones religiosas muy profundas, vividas con autenticidad, pero diferentes de las que nosotros, como cristianos, profesamos. Este encuentro es, por un lado, una ocasión para interrogarnos a fondo sobre las propias creencias, pero, también, para tratar de establecer vínculos, lazos con aquello genuinamente humano y divino que hay en las grandes tradiciones espirituales de la humanidad.

Con humildad y firmeza, estamos llamados a manifestar nuestra fe en Cristo, a anunciar explícitamente su Evangelio, a vivir conforme a la Ley del Amor más grande, que Él nos enseñó. Contra los pronósticos que habían hecho tantos sabiondos en el pasado, la fe cristiana está viva y el mundo espiritual renace. Las formas de vida se han transformado a fondo, también las maneras de expresar y de vivir la fe han cambiado, pero subsiste la búsqueda de una vida feliz y de una respuesta a las preguntas y preocupaciones de la vida humana. Necesitamos un sentido último. No nos basta con vivir la vida, estar en este mundo, resolver las necesidades básicas… Anhelamos, como dice Viktor Frankl, una vida "con sentido".

La fe cristiana no es un código moral, ni un sistema de normas e imperativos. Es una opción fundamental, libre, un don que Dios ha derramado en nuestro corazón, una propuesta de vida feliz y armónica, el inicio de la vida eterna en nosotros, como decía Santo Tomás de Aquino. La verdad siempre trasciende los límites de la razón, pero creemos que Jesucristo es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6), lo acogemos como tal en nuestro ser y queremos que nuestros conciudadanos puedan gozar también de esta verdad.

+ Joan E. Vives

Arzobispo de Urgell

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