El mensaje semanal del Obispo de Cuenca

Agencia SIC

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Mons. José María Yanguas Queridos diocesanos:

Me ocuparé hoy de del tercer y cuarto apartado del capítulo IV de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco La alegría del amor, que trata del papel central del amor en el matrimonio. El tercer apartado, bajo el título Amor apasionado, presenta un cierto carácter novedoso. Tradicionalmente se ha hablado de las pasiones en un tono negativo: la pasión supondría siempre exceso, desmesura, falta de control por parte de la razón. La pasión nos haría entrar en el mundo de lo irracional, de lo animalesco, de lo inhumano, ya que se trataría de un afecto "desordenado" del alma; algo, pues, carente de "logos", de orden, de razón, pues es propio de la razón el poner orden en las cosas.

Pero sería ir demasiado lejos si identificásemos, sin más, pasión con desorden. Por pasión se entiende también una "inclinación o preferencia muy viva"; así decimos que alguien tiene pasión por un determinado tipo de música, por la historia, por los animales, por la patria, por su familia, por Dios. En esta línea, se puede decir que el mandamiento por excelencia del cristiano es el de un amor apasionado: "amarás a Dios con todo el corazón, con toda la mente con todas las fuerzas, y al prójimo como a ti mismo". Un amor vivo, intenso, vehemente, caluroso ¡apasionado! En principio, que un amor sea apasionado no desdice para nada del amor; habla sólo de la intensidad del mismo. Todo dependerá de su objeto. Si lo que se ama es bueno, entonces nada hay de malo en que ese amor sea apasionado, con tal, eso sí, de que se respete el orden en los amores. En todo caso, lo que no casa con el amor es más bien la tibieza o la flojera, la falta de intensidad. Por eso el amor infinito, sin medida, de Dios por los hombres, bien puede ser calificado de apasionado; lo mismo que el amor que los santos han tenido y tienen por Dios y por el prójimo. ¡Qué bien lo pone de manifiesto el texto del profeta Isaías (49, 15)! Bien sabemos que el amor de una madre por sus hijos es un amor apasionado. Pues bien, el Espíritu Santo por boca del profeta no duda en decir: "¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo (Dios) no te olvidaré?".

La presencia, pues, de la pasión, su intensidad no habla contra el verdadero amor de los esposos. Por el contrario, los gestos corporales, la misma unión de los cuerpos piden la presencia de un amor verdadero, auténtico, intenso. De lo contrario, se ha dicho con acierto, a esos gestos les faltaría el alma y quedarían privados de su belleza interior. Se entiende ahora muy bien lo que el Papa dice en su Exhortación: "deseo, sentimientos, emociones, eso que los clásicos llamaban 'pasiones? tienen un lugar importante en el matrimonio" (n. 143). El amor como tendencia y búsqueda de la unión de las almas que "se expresa" en la unión de los cuerpos "tiene siempre señales afectivas básicas: el placer o el dolor, la alegría o la pena, la ternura o el temor" (ibídem). El enemigo del amor en las relaciones sexuales de los esposos no es el placer, sino el "sólo" por placer, es decir, la búsqueda egoísta de sí mismo que olvida el bien de la otra persona y que termina con frecuencia en manifestaciones de "violencia y manipulación" ( n. 153); en imposición y falta de respeto, en sometimiento y vejaciones.

En el último apartado de este capítulo IV de la Exhortación habla el Papa de la transformación del amor, fruto de la fidelidad de los cónyuges y de la gracia de Dios, que hacen que el amor vaya cambiando en un "querer más hondo" que "mantiene viva cada día la decisión de amar, de pertenecerse, de compartir la vida entera y de permanecer amando y perdonando" (n. 163). La intensidad del sentimiento no define tampoco, sin más, al amor apasionado; lo hace, más bien, una voluntad cada vez más fuerte e indeclinable de entrega y de pertenencia al otro, el compromiso indefectible en un amor hasta la muerte.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

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