Esperanza mejor que optimismo

Agencia SIC

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Mons. Agustí Cortés Jesucristo no sólo vivió la virtud de la paciencia, sino que también la explicó e invitó a sus discípulos a practicarla. Se ve que estos nerviosismos nuestros, la obsesión por la eficacia y los resultados, no es sólo un fenómeno moderno, sino que ya se daban en aquella Iglesia incipiente, hace más de dos mil años. En realidad es una tentación eterna, que responde a la inclinación secreta a ser algo o alguien, sentirse "realizado", en el sentido de "ser útil". Parece que nuestra vida valga en la medida en que tenga éxito; y que, naturalmente, este éxito sea el resultado de "hacer muchas cosas", de tener la agenda siempre llena y rendir al máximo. Desgraciadamente esta mentalidad no sólo afecta al ámbito de la vida y el trabajo humano en general, sino también a las iniciativas sociales humanitarias, e incluso a la actividad pastoral realizada en nombre del Evangelio.

Jesús debió sufrir al comprobar cómo sus discípulos eran tan duros para entender (aceptar) los modos propios del Padre Dios en la acción de cambiar las cosas e implantar su Reino. A cualquiera le resultaría exasperante, después de todo lo que Él había dicho y actuado, escuchar de uno del grupo antes de la Ascensión, aquella pregunta ansiosa e impaciente: "¿Es ahora cuando instaurarás el Reino de Israel?" (Hch 1,6). Como la "eficacidad" y la impaciencia están tan arraigados, Jesús dedicó tres grandes parábolas sobre el Reino de Dios a explicar cómo y con qué ritmo crece el Reino de Dios aquí en la tierra. Mediante tres imágenes extraídas del mundo agrícola nos enseñó la paciencia del labrador.

– No penséis que toda palabra vuestra será eficaz. Todo lo más podéis calcular que sólo una cuarta parte caerá en tierra buena y dará fruto (cf. Mt 13,3-23).

– Siempre encontraréis mala hierba junto a la buena, dentro y fuera de vosotros. No os apresuréis a arrancarla: aceptad, de momento, que las cosas sean así, pues podríais equivocaros a la hora de juzgar qué es hierba mala o buena (cf. Mt 13,24-309.

– Las grandes empresas en la vida cristiana siempre han de comenzar con lo

más pequeño y humilde. No os impacientéis ni tengáis miedo si no podéis ver que crecen: el tiempo de Dios es diferente del vuestro (cf. Mt 13,31-32).

Acostumbrados a dominar la situación y controlar los resultados, no dejamos lugar al misterio. Nos cuesta vivir de la confianza y el abandono en las manos de Dios.

Ante la dificultad del momento escuchamos dos tipos de mensajes, que suenan muy bien, pero que a nuestro entender no dicen toda la verdad o son insuficientes. Uno es el de que nosotros podemos solucionar todo. Es una llamada a la confianza en las propias posibilidades, lo cual está muy bien y es necesario. Pero es mucho decir que está en nuestra mano la respuesta a todos los problemas. Es como si el labrador pensara que la cosecha dependiera exclusivamente de él. Otro mensaje es la llamada al optimismo. A veces nos viene presentado como si fuera una obligación: "estamos obligados a ser optimistas". Otras veces nos llega mediante la invitación a tener sólo pensamiento "positivos".

Todo esto lo aceptaríamos como una especie de recurso psicológico para la supervivencia. Pero le falta lógica y verdad. La realidad es y será como sea, mejor o peor, independientemente de nuestro estado de ánimo y nuestros pensamientos. Preferimos la esperanza. Sobre ella descansa la paciencia. El optimismo es un estado psicológico, y la esperanza es una virtud. Quien es paciente y esperanzado, sabe que no está solo; para él no es decisivo el éxito o el fracaso, sino su propia persona, que actúa y se compromete; sabe que pase lo que pase seguirá siendo fiel a lo que es bueno y recto; y que, en todo caso, la muerte no tendrá nunca la última palabra.

? Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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