Carta del arzobispo de Barcelona: «La belleza de la caridad»

El cardenal Omella recuerda en su escrito dominical que «cuando practicamos la caridad con nuestros semejantes nos acercamos a Cristo»

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Hoy celebramos la solemnidad del Corpus Christi. Este domingo muchas calles de pueblos y ciudades se engalanan con preciosos ornamentos florales para celebrar las procesiones de Corpus, en las que adoramos públicamente el sacramento de la Eucaristía. El Señor sale a la calle y es recibido por los vecinos con alegría. Nadie es indiferente a su paso, todos quieren verle y reconfortarse con su mirada.

La Iglesia ha querido que esta festividad coincida con el Día de la Caridad. Y es que la Eucaristía y el amor a los hermanos, particularmente a los más necesitados, están estrechamente unidos; son como dos caras de la misma moneda.

San Lucas, en el Evangelio, nos recuerda que un día Jesús, después de hablar a una multitud, en un lugar donde no había nada qué comer, tomó cinco panes y dos peces y mirando al cielo los bendijo, los partió y los dio a sus discípulos para que los repartieran entre la gente. Todos comieron y se saciaron (cf. Lc 9,16-17).

En este pasaje Jesús cuenta con sus discípulos para saciar a los hambrientos, cuenta con nosotros para llevar a cabo esta misión. Como dice el papa Francisco, estamos llamados a tender la mano a todos, especialmente a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir que no están solos(Mensaje del papa Francisco para la I Jornada Mundial de los Pobres, 3 (19-11-2017).

No importa si, a veces, cuando ayudamos a los pobres, tenemos dificultades o sufrimos la incomprensión de las personas que nos rodean. Cuando practicamos la caridad con nuestros semejantes nos acercamos a Cristo. Cada vez que ayudamos a un hermano necesitado lo hacemos al mismo Cristo (cf. Mt 25,40). La caridad es un acto de amor al prójimo, especialmente a los más necesitados, ofreciéndoles ayuda y sustento, pero también implica trabajar por la justicia social y criticar las estructuras que provocan la pobreza.

Igual que en el pasaje de la multiplicación de los panes, en la Eucaristía, Jesús también quiere compartir con nosotros su cuerpo y su sangre. El gesto de partir y compartir el pan es el signo de identidad de los cristianos. En la Eucaristía encontramos la fuerza de Jesús resucitado. El altar en torno al cual se reúne la comunidad es como el torno de un alfarero. En él, Dios nos modela para convertirnos en buenos samaritanos, dispuestos a acoger a todo aquel que la vida ha dejado abandonado al borde del camino.

La Caridad y la Eucaristía van unidas, como bien expresa san Pablo en la primera carta a los Corintios, cuando muestra su enojo ante la incoherencia de los que celebraban la Eucaristía, pero no se inmutaban ante la necesidad de los pobres (cf. 1 Cor 11,17-22).

Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que nos enseñe a ofrecer consuelo y esperanza a todos, especialmente a los más necesitados; él nos dice que en el servicio a los más vulnerables hallaremos la paz y la felicidad (cf. Jn 13,17). Pidámosle a Dios que en esta fiesta del Corpus nos enseñe a vivir la belleza de la caridad. Porque el amor es lo que transforma al mundo, lo hace más humano y más habitable.



† Juan José Omella Omella

Cardenal arzobispo de Barcelona


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