El amor que siembra

El amor que siembra
Publicado el - Actualizado
3 min lectura
Mons. Agustí Cortés Aunque para una gran mayoría de ciudadanos la Cuaresma no signifique nada, al menos los católicos le damos la bienvenida como lo que es, o sea, un tiempo de profunda renovación. Y nos resulta provechoso comenzar este tiempo de renovación acogiendo un grito de denuncia, que resuena desde el mismo seno de la Iglesia: el grito de quienes pasan hambre. Un grito que encuentra su eco cada año en la campaña de Manos Unidas.
Nos llega un fragmento de un poema de la poetisa Begoña Abad de la Parte, que transpira preocupación y denuncia social:
"Un niño bebe agua
en la misma fuente en la que todos
nos lavamos las manos."
Este mensaje, que resulta impactante por su sencillez, no tiene ni punto de comparación con las grandes denuncias a los ricos y a la sociedad opulenta, que ha resonado en la Iglesia desde los primeros siglos, hasta el actual Papa Francisco. Los hambrientos tienen sed de lo que nosotros disfrutamos con despreocupación (el agua de la fuente). Es más, nuestro disfrute de los bienes es una conducta, ella misma, inmoral, en la medida en que signifique la inhibición del sufrimiento ajeno ("lavarse la manos").
¿No es aún más radical la parábola del Rico y el pobre Lázaro, que predicó Jesús, según nos narra el Evangelio de San Lucas (Lc 16,19-31)? Junto con San Agustín, el representante más destacado de la doctrina social de los Padres de la Iglesia, fue San Juan Crisóstomo, en el siglo IV. Predicando sobre este pasaje evangélico decía:
"(Llamáis ladrón al salteador de caminos…) Pues piensa eso mismo de los ricos y avaros. Son como bandidos que saltean los caminos y despojan a los viandantes, y en cuevas y madrigueras, que son sus propias cámaras, soterran las riquezas de los demás" (Hom. 1,12)
La campaña de Manos Unidas de este año obedece al lema "Planta cara al hambre. Siembra". Nos fijamos en el tono de este mensaje. Va dirigido a las personas, a nosotros, a cada uno. Y, de acuerdo con el estilo de nuestra fe, no se ha de referir tanto "al hambre", que suena a concepto abstracto, una cosa contra la que hay que luchar, cuanto a "los hambrientos", las personas con historia y rostro, a quienes positivamente en justicia les hemos de facilitar recursos y alimentar materialmente.
La referencia bíblica más apropiada es aquel mensaje de San Pablo acerca de la colecta a favor de los pobres de Jerusalén:
"Acordaos de esto: el que siembra poco, poco cosecha; el que siembra mucho, mucho cosecha. Que cada uno dé según lo que haya decidido en su corazón, y no de mala gana o a la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría." (2Co 9,6-7)
Nuestra acción a favor del hambriento es semejante a la siembra del labrador. San Juan Crisóstomo añadirá la cita del libro de los Proverbios, que dice: "quien da al pobre le presta a Dios" (Prov 19,17) (Hom. VII,6). Quería decir que la acción a favor del pobre hambriento es una inversión en favor de Dios, el cual sale fiduciario del necesitado. ¿Qué cosecha, qué ganancia, podemos esperar, sino ver al pobre restablecido en su dignidad y que en él Dios mismo sea glorificado?
Enriquecerse a costa de los otros es auténtico robo. Dar al que no tiene es hacer vivir. Quien da con generosidad y alegría es elevado a la categoría de colaborador de Dios creador y redentor.
? Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat





