SE ACERCA LA SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Agencia SIC

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Mons. Manuel Ureña El próximo sábado, día 1 de noviembre, celebraremos en la Iglesia la solemnidad de Todos los Santos. En sentido estricto, la expresión Todos los Santos, además de designar a los ángeles buenos y a los otros espíritus moradores de la Casa de Dios, designa también a los hombres, varones y mujeres, que ya viven bienaventurados en el Cielo. Y, en sentido lato, la expresión Todos los Santos comprende así mismo a quienes viven santamente en la Tierra y a quienes murieron en gracia de Dios, pero todavía no han ascendido al Cielo y viven con la esperanza segura de poder hacerlo un día.

Pues bien, al dirigir la mirada hacia los santos, los miembros de la Iglesia militante, todavía peregrinos en la Tierra, y los miembros de la Iglesia purgante, ya en camino irreversible hacia la Patria, recibimos el estímulo del ejemplo de aquéllos, la dicha de su patrocinio y la ayuda de sus méritos.

Grande, muy grande es la comunión existente entre los ciudadanos de la Jerusalén celestial, los fieles cristianos de la Tierra y los fieles difuntos que no gozan todavía de la visión beatífica. Es lo que la Iglesia reconoce con el nombre de Comunión de los Santos, una comunión derivada del ser de la Iglesia en cuanto Cuerpo místico de Cristo. Como concluye el texto de la Profesión de fe del ya beato papa Pablo VI, "creemos en la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de los que peregrinan en la Tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celestial; [creemos] que todos ellos se unen en una sola Iglesia; y creemos igualmente que en esa comunión está a nuestro alcance el Amor misericordioso de Dios y de sus santos, que siempre ofrecen oídos atentos a nuestras oraciones como Jesús nos aseguró: Pedid y recibiréis".

De este modo se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros e influye en éstos mucho más que el daño que su pecado les haya podido causar. Hay personas que dejan tras de sí como una carga de amor, de sufrimiento aceptado, de pureza y de verdad, que llega y sostiene a los demás. Esta comunidad de bienes espirituales de la Communio Sanctorum, derivada de la realidad del Cuerpo místico, constituye lo que se conoce con el nombre de tesoro de la Iglesia. Tal tesoro es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y merecimientos de Cristo Señor, ofrecidos para que toda la humanidad sea liberada del pecado y llegue a la comunión con el Padre. Y pertenece también a este tesoro el valor realmente inmenso e inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y las buenas obras de Santa María Virgen y de todos los santos.

Por consiguiente, entre los fieles cristianos, tanto los que ya habitan en las moradas eternas, como los que todavía expían sus culpas en el Purgatorio y los que aún peregrinan en el mundo, existen, ciertamente, un vínculo perenne de caridad y un abundante intercambio de todos los bienes, con los cuales se expían todos los pecados del Cuerpo místico y se aplaca la justicia divina.

Así las cosas, tengamos la firme convicción de que no estamos solos a la hora de expiar nuestros pecados. A nuestro lado está Cristo, que no cometió pecado y que padeció por nosotros. A nuestro lado están también la Virgen, los mártires y los santos de toda la historia, en los que triunfó la perfecta caridad de Dios. Con nosotros están, en fin, la Iglesia Santa en sus tres estados: triunfante, purgante y militante. Vivimos insertos en el Cuerpo místico cuya cabeza es Cristo (cf 1 Co 12) y en el que, si bien es cierto que el pecado de uno de sus miembros daña a los demás, no lo es menos que la santidad de un miembro aporta a los otros un beneficio inmenso. En esto consiste la maravillosa realidad de la Comunión de los santos.

Consciente, pues, de estas verdades, la Iglesia, ya en tiempos muy remotos, encontró, no sin la acción del Espíritu, los cauces para hacer llegar a todos los fieles los frutos de la redención del Señor y para que los fieles contribuyeran a la salvación de los hermanos. No otro es el origen de la práctica de las indulgencias, por medio de las cuales se abre a un fiel, vivo o difunto, el tesoro de la Iglesia, con el fin de obtener del Padre para aquel fiel la remisión de las penas temporales debidas a las consecuencias funestas de sus pecados y todavía no saldadas.

Amemos, pues, a los santos, a todos los santos; pidámosles nos ayuden con su ejemplo a vivir santamente; y roguémosles intercedan por nosotros ante Dios, a fin de que, supuestos el cumplimiento de la penitencia, la humilde aceptación interior de las tribulaciones de esta vida, los sacrificios, la oración y la práctica de la caridad, se abra para nosotros y para los fieles difuntos que lo necesiten, por medio del inefable don de la indulgencia plenaria, el tesoro de los infinitos méritos de Cristo, de la Virgen María y de todos los santos, y podamos entrar en el Paraíso como el buen ladrón, esto es, como en un abrir y cerrar de ojos y de la mano de Cristo.

Aprovechemos la buena oportunidad que nos ofrecen para la obtención de la indulgencia plenaria los dos años jubilares en curso: el dispuesto a propósito de la celebración del 1975º aniversario de la venida de la Virgen en carne mortal a Zaragoza y el jubileo teresiano proclamado con motivo de la celebración del V Centenario del nacimiento a este mundo de la Santa de Ávila.

? Manuel Ureña Pastor,

Arzobispo de Zaragoza

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