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Terror en los túneles del metro: los tensos encuentros de los guardavías con los grafiteros

Los encargados del mantenimiento de las vías por las noches se topan a veces con grafiteros en plena acción: “¡Me rodearon y me tocaron!”

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Tiempo de lectura: 3'Actualizado 00:28

Juan -nombre ficticio- trabaja en el metro de Barcelona. Es guardavías, el profesional que, como su nombre indica, se encarga de velar por el correcto estado de las vías, sus fijaciones, las uniones, los túneles, etc. El suburbano de la capital catalana opera en días laborables entre las cinco de la mañana y las doce de la noche, con lo cual, estos profesionales suelen tener entre la una y las cuatro de la mañana, tras realizar el corte de tensión, para caminar en la oscuridad del subsuelo barcelonés comprobando que todo esté en perfectas condiciones para que el metro opere con normalidad en la siguiente jornada.

Los guardavías son unos veinte y tienen asignado un recorrido concreto. De dos en dos realizan el recorrido que se les asigna, que suele oscilar entre los cinco y los seis kilómetros y medios, según la línea. Armados con una linterna y equipados con una mochila con herramientas, estos ‘topos del metro’ recorren los túneles mientras la ciudad duerme.

Sin embargo, en el pasado no realizaban esta labor en pareja. Los guardavías realizaban su trabajo en solitario. Y fue a raíz de los tensos encuentros de estos profesionales con grafiteros que se habían colado en el recinto del metro para realizar pintadas en los túneles y/o en los convoyes que la empresa accedió a que fueran de dos en dos, no sin una lucha sindical previa de por medio.

“Si te entrego mi llave inglesa, ¿quién me dice a mí que no vayas a atizarme en la cabeza con ella?”

La historia de Juan, que se remonta a años anteriores, cuando los guardavías todavía recorrían el subsuelo solos, empezó cuando se encontró con un grupo de cuatro grafiteros. Suelen colarse a través de salidas de ventilación y acostumbran a ir equipados con botes de espray pero también rodillos y botes de pintura, escaleras y sierras para lograr el acceso al recinto a través de los conductos de ventilación. 

Eran hombres alrededor de la treintena y que llevaban un pasamontañas. “¡Me rodearon y me tocaron!”, exclama Juan. Y agrega: “Me tocaron mis herramientas de trabajo y, si me las quitaban, a lo mejor me podían agredir. Ese fue el mayor de mis miedos. Si te entrego yo a ti mi llave inglesa, ¿quién me dice a mí que no vayas a atizarme en la cabeza con ella, por ejemplo?”.

“No digas que nos has visto, que más adelante nos podemos volver a ver…”

Curiosamente, lo que les llamó la atención a los amigos del espray fue que Juan fuera vestido con el uniforme de Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB), la empresa que gestiona el metro en la ciudad condal. “Yo en aquel momento, aunque llevaba la equipación de TMB, dije que era de una subcontrata. Y les dije: ‘¡Por favor, dejadme en paz, chicos, que estoy trabajando y llego tarde! A mí me da igual que estéis pintando, tengo que llegar a tal sitio a tal hora’. Me escapé como pude así”, cuenta Juan.

Pero ese no ha sido su único encuentro con grafiteros. “En otra ocasión, alumbré sin querer hacia un pasillito y allí había siete acostados contra la pared. Y uno de ellos, como vio que los había alumbrado, salió del tunelillo y me dijo: ‘Oye, ¡que yo sé que nos has visto! ¡No digas nada!’”. A lo que Juan les prometió no hacerlo. El grafitero volvió a insistir: “No digas nada, que más adelante nos podemos volver a ver…”. Juan las califica de “amenazas veladas”. Hasta el momento confiesa que no le han agredido nunca físicamente pero que “el riesgo está ahí”.

La recomendación de la empresa es que no interactúen con los intrusos y que den el aviso de su presencia. 

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