Si quieres la paz, trabaja por la justicia
Esta frase del Papa Pablo VI nos recordaba que la paz duradera no es solo la ausencia de guerra, sino el resultado de respetar la dignidad humana, la equidad y los derechos humanos, en plena sintonía con el lema de la 67 Campaña de Manos Unidas “Declara la guerra al hambre”. Mario Alcudia reflexiona, al hilo de esta Jornada, sobre cómo hablar de hambre es hablar también de paz; y es que allí donde la pobreza se vuelve crónica y donde la dignidad se quiebra, la paz deja de ser posible
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La 67 Campaña de Manos Unidas contra el hambre nos invita este año a declarar nuestra guerra al hambre poniéndonos frente a una urgencia global que no puede esperar. Porque en un mundo marcado por la violencia, hablar de paz es imprescindible. Pero también es insuficiente si no empezamos por el principio. Y es que la paz no nace cuando callan las armas; empieza mucho antes, cuando se garantiza la dignidad, cuando una familia puede llevar comida a su mesa, cuando una escuela no cierra sus puertas por falta de recursos, cuando los niños pueden crecer sin miedo ni carencia. El hambre —esa violencia silenciosa de la que apenas se habla— es más letal que muchas guerras y, en no pocos casos, se utiliza como arma estratégica en los propios conflictos.
Manos Unidas lo sabe bien. Por eso, su Campaña insiste en una verdad que la Iglesia ha repetido durante décadas. San Pablo VI en Populorum Progressio decía que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Benedicto XVI recordaba que “combatir la pobreza es construir la paz” y León XIV hace unos meses en la FAO señalaba que “si se derrota el hambre, la paz será el terreno fértil del bien común”.
Durante 67 años, esta ONG eclesial ha acompañado procesos de desarrollo real en comunidades vulnerables en los cinco continentes. Lo hace fortaleciendo promoviendo proyectos sostenibles que protegen la vida y la dignidad en países necesitados y con ello por tanto cimentando una paz auténtica.
Como se nos recuerda este 2026 construir la paz no es solo firmar acuerdos; es transformar las condiciones que generan desigualdad. Es apostar por una educación para la paz basada en valores como la justicia o el cuidado de la Tierra. Es reconocer que cada gesto solidario rompe el círculo del hambre, la pobreza y la violencia.
Nuestra colaboración, nuestra oración y nuestra sensibilidad pueden convertirse en un grano de trigo que alimenta, en un gesto que consuela, en una brizna de esperanza para quienes viven bajo la sombra del hambre. Declarar la guerra al hambre es, en el fondo, declarar el amor a la vida, a la dignidad humana y a la paz que Cristo vino a sembrar entre nosotros.