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Bustos: “La mujer buena es la que abrazó la maternidad y pagó las consecuencias”

Jorge Bustos trae a 'La Linterna' el 'Bueno, el feo y el malo' de la semana: esta semana con tres arquetipos femeninos

Jorge Bustos en los estudios de COPE

COPE.es

Tiempo de lectura: 3' Actualizado 22:16

Esta semana vamos a innovar un poco, a tono con los tiempos que vivimos, y vamos a declinar la desinencia de género del nombre de esta sección para hablar de la buena, de la fea y de la mala. En algo tiene que notarse el 8-M, Juan Pablo, y este sheriff, pese a su arriscada reputación de tipo duro, es un hombre sensible con la causa de la igualdad femenina. De modo que cedamos todo el protagonismo a ellas y hablemos en abstracto, si necesidad de poner nombres que ya pondrá mentalmente el oyente, de los tres arquetipos morales de lo femenino.

La mujer buena

La mujer buena es una ciudadana consciente de sus obligaciones, y por eso mismo aún más consciente de sus derechos. No sale a quejarse por vicio, por resentimiento ni por militancia, sino porque experimenta en sus carnes día a día el arañazo de la discriminación. Es la trabajadora que abrazó la maternidad y pagó las consecuencias de esa decisión, pero no se resigna a que el sueño de ser madre tenga que comportar la pesadilla del estancamiento laboral en una sociedad democrática avanzada. Es la joven que aún no es madre y lleva una carrera fulgurante que teme que se trunque en cuanto decida formar una familia. Es una mujer agradecida, que se emociona cuando recuerda las vidas que llevaron, sin quejarse, su madre, su abuela y su bisabuela, por no hablar de su tatarabuela, y les rinde tributo en su memoria sabiendo que las condiciones que ella disfruta eran directamente inimaginables para las españolas de ayer. Pero que la mujer buena no caiga en el catastrofismo no significa que se abandone al conformismo. Quiere progresar, quiere liderar, quiere sencillamente lo que le corresponde. Y lo quiere en colaboración con los hombres, a los que ama, a los que no se le ocurre considerar adversarios, ni violadores compulsivos, ni monos en celo. La mujer buena salió el jueves a la manifestación, observó un comportamiento cívico impecable y solo espera ahora que sus congéneres menos civilizadas no lastren el impulso hacia la igualdad real con su sectarismo retroideológico

La mujer fea

Que no es una fealdad física sino moral, como insisto siempre. La fealdad moral por excelencia es la hipocresía. Es esa activista de postureo que ni ha padecido discriminación digna de ese nombre ni le interesa el movimiento más que como palanca de su particular narcisismo. Es la que lleva media vida viviendo de lo contrario que ahora predica. Es la que se pudo permitir la huelga porque le nace el éxito de las hectáreas que mide su jardín, pero luego clama contra el capitalismo opresor. Es la que exagera o inventa acosos porque sabe que la condición de víctima aumentará su poder en la industria de la queja mediática en la que vivimos. Es la pijaprogre que se indigna contra la metedura de pata más o menos descontextualizada de un obispo, pero le fascina el velo como signo multiculti y jamás se le ha oído decir una palabra contra los imanes que medievalizan a la mujer y ejercen con ella la esclavitud cotidiana, la misoginia estructural que predica el islam. Es una revolucionaria de Christian Dior que puede ser implacable con sus subordinadas en privado y regalar sonrisas igualitarias en las redes sociales. Es una farisea, que ni nos engaña a los hombres ni engaña a nuestras amigas.

La mala

La mala es de otra pasta distinta, y aún peor. La mala es la nieta de aquella Pasionaria que en la guerra sentenció que “es mejor matar a cien inocentes, antes de que se escape un solo fascista vivo”. Son las totalitarias de siempre, revolucionarias aún más crueles que sus compañeros fascistas o comunistas, a quienes animaban a no dejarse llevar jamás por la compasión. Son las que odian la maternidad y consideran que el feto es un parásito y la familia una cárcel. Son las que vieron fracasar todas sus revoluciones y ahora pretenden instrumentalizar para sus viejos rencores a las mujeres que se dejen. Son las que en la noche del 8 de marzo les armaron un escrache a las diputadas de Ciudadanos porque no pueden soportar que exista un feminismo liberal, más antiguo y más eficaz para la causa de la mujer, con el que se identifican la inmensa mayoría de las españolas reales, que a menudo no tienen nada que ver con las que más se oyen. Son las enemigas del varón, que les corresponde con su desprecio cuando no con su repugnancia, y son las enemigas de la mujer, que hacen bien en guardarse de ellas porque no se han librado de la tiranía de los machos rancios para tener ahora que soportar la tiranía de las hembras fanáticas. No lo conseguirán, y harán lo que han hecho siempre, en la historia y en su vidas: fracasar. Porque los amantes de la libertad y de la igualdad somos por fortuna muchos más. Y mucho mejores

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