"Todos tenemos sed de algo más grande, de algo que nos llene de verdad"
Escucha el monólogo de Álvaro Sáez en 'La Linterna de la Iglesia'
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Mira, esta noche quiero invitarte a que hagamos un ejercicio de imaginación. Estamos en el embalse del Cenajo, en ese límite donde Albacete se toca con Murcia. Es pleno enero, hace un frío que corta la respiración y, sin embargo, allí hay miles de personas.
Han llegado en caravanas, en camiones tuneados con altavoces gigantes, montando una ciudad de la nada entre los términos de Férez y Hellín.
Se habla de más de tres mil personas. El ruido es un "bum-bum" constante que rebota en las rocas y se escucha a kilómetros.
La policía ha cortado los accesos, nadie más puede entrar, pero los que están dentro no tienen ninguna intención de salir. Han decidido que su año nuevo empieza así: aislados, entre el polvo y los decibelios.
Sé que es fácil quedarse en la noticia de "lo ilegal" o de la molestia, pero yo hoy te pido que mires con otros ojos. No veas delincuentes, ni veas gente despreocupada. Mira a personas, exactamente iguales que tú y que yo, que han pasado el Año Nuevo allí porque, quizás, no tenían un lugar mejor donde sentir que encajaban. Porque, a veces, el frío de un embalse en enero duele menos que el frío de una casa donde no te sientes escuchado.
Y yo te miro a ti, que me escuchas ahora, y te pregunto: ¿Realmente crees que esto va solo de música y fiesta?
¿Alguna vez has sentido ese vacío que te quema por dentro? Ese agujero en el pecho que te hace buscar desesperadamente algo que te distraiga, algo que te haga olvidar por un momento quién eres o cuánto te duele la vida.
Ellos están allí buscando una conexión, un sentido de pertenencia, una forma de estar juntos. Y aunque el ruido sea ensordecedor, en el fondo hay un grito de silencio. Es la búsqueda de alguien que les diga: "Me importa que estés aquí".
Quizás tú no te has ido a una rave en Albacete, pero… ¿cuántas veces has buscado tú también refugio en otras cosas para no sentirte solo? No somos tan distintos. Todos tenemos sed de algo más grande, de algo que nos llene de verdad.
A veces, esa necesidad de estar constantemente estimulados, rodeados de gente y de decibelios, no es más que una forma de protegernos. Es más seguro perderse en una multitud de tres mil desconocidos que arriesgarse a que una sola persona te mire a los ojos y descubra tu fragilidad.
Esos jóvenes en el Cenajo son, en cierto modo, el espejo de una sociedad que nos ofrece mucho ruido pero poco alimento para el alma.
Ojalá que este año aprendamos a mirarnos con esa misericordia que no pregunta "qué has hecho mal", sino "¿dónde te duele?".



