Pero, ¿existe el infierno?

Periodista

Tiempo de lectura: 3' Actualizado 06:48

Se lamentaba días pasados un viejo y querido amigo, de no haber entendido nada de la homilía que se vio obligado a escuchar en una misa de funeral, por lo larga, difusa, profusa y confusa. No me atrevería a decir que el Papa leyó su lamento pero me resulta llamativo que, pocos días después, en un encuemntro con obispos y sacerdotes, Francisco no se privase de llamarles la atención sobre la necesidad de ser breves, claros y precisos en sus homilías que, además, debían ser previamente meditadas y ligadas a la Palabra proclamada.

Mi amigo, que no es muy asiduo a visitar iglesias, hubiese quedado muy confortado con la reflexión de Francisco. Pero no es mi intención unirme ahora a la homilía que lo dejó en el limbo. Todo lo contrario, quiero referirme a otras homilías que acaso son demasiado explícitas en cuanto a la intención que mueve a quienes las pronuncian y que, según tengo comprobado, suelen ser sacerdotes superamables, acogedores, sonrientes y simpáticos, para los que “todo el mundo es gueno”…

Diría en otras palabras, que estos curas apenas hablan de pecado (prefieren hablar de “faltas”) y, mucho menos del infierno. Como suelo frecuentar la Santa Misa allí donde me encuentre, he tenido la ocasión de escuchar homilías buenas, buenísimas, que te llenan el corazón de ganas de ser mejor, y malas, malísimas que te quitan las ganas de volver al mismo templo.

En fin, sin ánimo alguno de molestar a quien pueda verse reflejado en estas líneas escritas por un oyente que lee el Evangelio y suele acudir al Catecismo de la Iglesia ante alguna duda, me quiero referir a la relativa sorpresa que me llevé este primer lunes pasado de Cuaresma, cuando el cura proclamó el Evangelio del día que, oh contratiempo, hablaba del Juicio Final y de los que se ganan la gloria por sus buenas obras de misericordia y los que se condenan al infierno por sus omisiones ante las necesidades del prójimo.

Pues bien, nuestro buenísimo sacerdote se detuvo a la mitad de la parábola sobre el Juicio Final (Mateo 25 y siguientes), tan acertada en este tiempo de conversión y penitencia, y no leyó la segunda parte, en la que el Señor alude a los “malditos” que obran con maldad y para los cuales les está reservado el fuego eterno, es decir, lo que llamamos infierno.

Entre paréntesis conviene recordar lo que significa el “infierno” para el Catecismo de la Iglesia: es “la autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados”, en la cual incurren los que mueren en pecado mortal sin estar arrepentidos y sin acogerse el amor misericordioso de Dios. Como es obvio, esto no es ningún misterio ni ninguna novedad para cualquier bautizado que haya recibido la Primera Comunión y luego confirmado.

Pero ¡ah amigos míos! No parece que en este tiempo de buenismos y relativismo, que eso de hablar del infierno sea muy oportuno. Ya se ocuparon de ello en nuestra niñez los jesuitas cuando nos llevaban más o menos forzados a unos Ejercicios Espirituales...

Ahora las cosas han cambiado tanto que se habla muchísimo de amor –lo cual no está nada mal- pero poquísimo del pecado, lo cual me parece en grave error en le medida que sin pecado no hay misericordia. El “temor de Dios” ha desaparecido de nuestro vocabulario cristiano. Y lo mismo pasa con los olvidados Novísimos, muerte, juicio, infierno y gloria.

Pero quiero volver a la homilía del cura de que me mueve a escribir este comentario. Después de la censura -¡si, censura!- a la que sometió el Evangelio, antes de dar paso a la homilía exclusivamente ceñida a la misericordia, tuvo la ocurrencia de hacer un comentario irónico a su media lectura, en la convicción de que no había pasado inadvertida a los fieles oyentes. Y vino a decir algo así como que no era agradable poner en boca de Jesús la palabra “malditos” reservada a los pecadores no arrepentidos.

Como no he tenido la ocasión de confesar con este sacerdote, no sé qué tipo de consejos espirituales dará a los escasos penitentes que acuden a él para reconciliarse con Dios. Pero me pregunto qué mensaje puede dar en secreto un cura que se atreve en público a negar toda su validez y actualidad a un Evangelio tan fundamental para la fe católica.

En fin, no creo que la anécdota merezca mayor comentario. Me encantaría recibir alguna sabia amonestación de quien se crea más o menos reflejado en estas letras para darme así la oportunidad de rectificar, si ello procede. Amén.

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