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La jugada de Sánchez en el Sahara

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Manuel Cruz

Periodista

Tiempo de lectura: 4'Actualizado 08:53

Pasado el efecto sorpresa del reconocimiento que, de facto, ha hecho el Gobierno español de la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, (se supone que tendrá que ser refrendada por Las Cortes), cabe preguntarse sobre el porqué y el cómo de esta decisión que, al parecer, ha tomado personalmente el presidente Pedro Sánchez. Aquí entramos en una zona nebulosa como casi todas las que acompañan las iniciativas políticas de Sánchez, muy capaz de romper el consenso constitucional como de pactar con el diablo con tal de seguir en La Moncloa.

En muy posible que, en el caso de la antigua colonia española del Sahara, Sánchez haya acertado con su decisión porque el conflicto sobre este territorio que le enfrenta a su vecina Argelia desde hace casi medio siglo, estaba muy lejos de resolverse con la inoperante misión mediadora de las Naciones Unidas. Digo "estaba" porque, a partir de ahora, a menos que se desencadene una guerra en el desierto como la que anega en sangre a Ucrania, la situación ha cambiado como el día de la noche, y puede incluso vislumbrarse un final más cercano que pasaría por el retorno de los saharauis refugiados en Tinduf a su antigua tierra en el marco de una autonomía muy parecida a las que configuran el Estado español, con la disolución, por tanto, de la fantasmal República Árabe Saharaui Democrática.

Pero ¿es esto posible? ¿Qué ha visto Sánchez para cambiar tan repentinamente, sin consultar con nadie, su propio programa electoral y escribir al rey Mohamed VI la carta que nos reconcilia con Marruecos? ¿Tiene algo que ver la guerra de Putin en Ucrania y, por ende, la crisis energética que empieza a aplastar a Europa? Antes de tratar de contestar a estas preguntas, es necesario recordar un poco de historia: Remontémosnos a octubre de 1975, cuando el Tribunal Internacional de La Haya, a peticion de la ONU, emitió un ambiguo dictamen en el que se reconocía la existencia de renovados actos de obediencia (la tradicional "béiaa") de las tribus saharauis a los sultanes de Marruecos. El rey Hasán II, un jurista formado en La Sorbona, y "Amin al Muminin" (Príncipe de los Creyentes) en su calidad de descendiente del Profeta Mahoma, consideraba este "sometimiento" religioso de las tribus de Sahara como una relación jurídica de soberanía sobre los territorios que habitaban y, en consecuencia, interpretó que el dictamen del alto Tribunal venía a darle la razón, cuando, en realidad, lo que dijeron los magistrados fue todo lo contrario: que no existían vínculos de soberanía y que, por lo tanto, sus tribus tenían derecho a la autodeterminación una vez consumada la descolonización por parte de España. Lo que desconocía el Tribunal era el peso jurídico-religioso que tenían para el rey marroquí aquellos actos islámicos de obediencia a la autoridad de los sultanes del viejo y teocrático Imperio Cherifiano.

En otras palabras, el rey Hasán II consideró que su autoridad religiosa estaba por encima del derecho internacional y de ahí la Marcha Verde y la capitulación de una desconcertada España tras la muerte de Franco en los acuerdos de Madrid por los que se traspasaba la responsabilidad administrativa del Sahara a Marruecos y Mauritania mientras la ONU organizaba el referéndum de autodeterminación. Este último país, cuya independencia quiso desconocer durante años Hasan II, renunciaría poco tiempo después a esa tarea ante los ataques del naciente Polisario, acogido en su región de Tinduf por una Argelia que no dejaba de hostigar a su vecino Marruecos, enemigo desde la ya olvidada "guerra de las arenas" en 1963 que enfrentó a los dos países por causas fronterizas.

Valga este breve paréntesis para situar en su contexto no ya el conflicto del Sahara sino la crisis diplomática hispano-marroquí desencadenada por el desprecio que hizo el propio Sánchez a nuestro vecino del sur al acoger clandestinamente al presidente de la RASD en Logroño. Todo lo demás estaba muy vivo en la memoria. Más desdibujado está lo que ocurre éstas últimos semanas entre las propias tribus de refugiados saharauis, enfrentadas entre sí y con el Frente Polisario a causa de rencillas internas en el reparto del poder y, sobre todo, por la penosa situación en que viven

desde hace décadas sin que se vislumbre una solución y se aleje cada vez más el referendum propiciado por la ONU. Se ha detectado, además, algún movimiento activista saharaui en España con la detención de un cabecilla que fue entregado a Marruecos el pasado año como gesto de "buena voluntad". Pero, sobre todo, hay que echar un vistazo a la crisis europea generada por la guerra de Ucrania y el protagonismo que está llamado a asumir Argelia como alternativa al gas ruso.

¿Ha consultado Sánchez con nuestro principal suministrador energético antes de cambiar su postura sobre el Sahara? El Gobierno español dice que sí, pero el argelino dice que no y, en consecuencia, ha retirado su embajador en Madrid. ¿A quién creer? No importa mucho ahora. Si Argelia se siente realmente traicionada por España, cabría esperar una represalia como la que emprendió Marruecos con el "caso Gali". Pero un castigo a España en el suministro del gas supondría un castigo a Europa de la que, a su vez, depende también la propia Argelia, vieja amiga de la desaparecida URSS. En este sentido, bien puede pensarse que Sánchez ha jugado la baza de la guerra de Ucrania para acercarse a Marruecos y forzar así a Argelia a mantener sus compromisos por encima de su esperado enfado y, quien sabe, si más tarde o más temprano, podría verse abocada a reconciliarse con Rabat por razones económicas y estratégicas: el gran Magreb Arabe está aún por hacerse..

Al margen de la credibilidad de Sánchez y de sus marrullerías, puede que esta jugada estratégica le salga bien, si cuenta con la anuencia de Bruselas. De momento ha conseguido que la embajadora de Marruecos vuelva a Madrid, aunque se haya marchado el embajador argelino. Ahora lo lógico es que pronto se reanude el tráfico marítimo en el Estrecho y que se acuerde el refuerzo de las fronteras de Ceuta y Melilla para impedir el asalto a sus vallas por parte de los miles de subsaharianos que han penetrado en Marruecos y las decenas de miles que se preparan para hacerlo a través del Sahara Occidental, hoy más marroquí que ayer. Pero la historia no se ha terminado aún aquí y los deseos no suelen coinciden con la realidad.


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