
Jaén - Publicado el - Actualizado
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La celebración de la fiesta de san Antonio Abad (Egipto 251-356) se remonta en nuestra ciudad al s. XIII. Se le considera fundador de la tradición monacal cristiana; predicó contra el arrianismo, que negaba la divinidad de Jesucristo. Cuenta la tradición que se le acercó una jabalina con sus crías ciegas y les curó su ceguera; desde entonces la madre no se separó de él, defendiéndole de cualquier alimaña. Se le considera patrono de los animales. Por eso, en este día se les suele bendecir. La Noche de San Antón, con el pregón y el encendido de las lumbres en los distintos barrios, constituye una velada jienense emblemática. En las hogueras de antaño se quemaba las ramas de la poda de los olivos y los capachos de esparto inservibles tras prensar la aceituna; se cantan melenchones, se toman rosetas, calabazas, los productos de la matanza y vino. Una excelente embajadora de la ciudad es la carrera urbana popular que lleva su nombre, aplazada por la pandemia. Coincide esta festividad con la reciente entrada en vigor —de conformidad con la legislación de la Unión Europea— del nuevo régimen jurídico de los animales, “como seres vivos dotados de sensibilidad”; así lo ha implementado la legislación comparada austriaca, alemana, suiza, francesa, belga o portuguesa. Hasta ahora, a los animales se les contemplaba en el Código Civil como “cosas” o “bienes muebles”. Ahora los derechos y facultades sobre los animales han de ser ejercitados atendiendo a su naturaleza sensible, al bienestar y su protección, evitando el maltrato, el abandono y la provocación de una muerte cruel o innecesaria. También se aborda las relaciones de convivencia de los animales con los seres humanos; especialmente en las crisis matrimoniales y para el caso de fallecimiento del dueño de la mascota, aspecto que presentaba dificultades en los tribunales. En los supuestos de violencia de género, maltrato y abuso infantil, si coincidieran con el maltrato a los animales, se puede limitar la guarda y custodia de los menores. A los animales de compañía se les considera inembargables, por el afecto que les liga a las familias con las que conviven; sobre ellos no se extiende la hipoteca de las fincas en las que habitan. Esta regulación legal, que a primera vista podría parecer extravagante, se adecúa al sentido común y a la dignidad humana. Porque quien manifiesta crueldad con los animales no puede ser buena persona. Aunque algunos animales estén confiados al dominio del hombre, éste ha de tratarlos respetando su naturaleza sensible. Solo quienes han convivido con un perro pueden valorar en su justa dimensión la relación de complicidad, lealtad y ternura que se puede originar. San Juan Pablo II, amante de la Creación, decía que: “Los animales poseen un alma y los seres humanos debemos amar y sentirnos solidarios con nuestros hermanos menores. Ellos están tan cerca de Dios como lo están los humanos”. Por ello, entiendo que esta reforma constituye un avance más de la civilización. Mahatma Ghandhi expresaba esta idea en los siguientes términos: “La grandeza de una nación y su progreso moral pueden ser juzgados por la manera que se trata a los animales”. Si a los animales —una manifestación de la creación más elevada que el mundo vegetal— se les protege su naturaleza sensible, cuánto mayor empeño merecerán los seres humanos, imagen del Creador. El genetista Jérôme Lejeune (descubridor de la trisomía 21, causa del Síndrome de Down), de La Sorbona de París, manifestó que “la calidad de una civilización se mide por el respeto que dispensa a los más débiles”. Sería una incoherencia preocuparse por la dignidad de los animales para abandonar a los seres humanos concebidos y no nacidos o a las personas enfermas. Toda la defensa realizada de los animales, tendría que aplicarse, con mayor razón, a estos grupos humanos más desfavorecidos. La alarmante realidad —de la que responderán los gobernantes en un juicio al modo de Núremberg— se concreta especialmente en dos leyes: la del aborto (2009) y la eutanasia (2020). La cultura de la muerte —el mayor maltrato— impera en esta civilización hipócrita. Con el pretexto de la libertad, los poderes públicos están colaborando al mayor genocidio democrático, con cerca de cien mil abortos voluntarios cada año, durante la última década. Como decía Víctor Hugo: “Los animales son de Dios. La bestialidad es humana”.



