
Madrid - Publicado el - Actualizado
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Tras la despedida de los colegas, entretengo mis pasos contando los locales cerrados en la calle Virgen de la Capilla. Donde estuvo Antón el de las alpargatas, no hay nada. Por los alrededores han dejado sus cenizas una sucursal bancaria, una perfumería, una franquicia del bar granadino especializado en embutidos La Cueva, que luego dio su relevo a otro que llamaron El Botijo. La fortuna, la misma: el cierre. Quizá el secreto esté en el nombre. El próximo que pruebe con algo más vibrante, por ejemplo, “Abierto”. En la misma acera no quedan ni los caballos de Cubero. Al llegar a la Puerta Barrera, doy la vuelta. Se me había olvidado echar la primitiva. Me despisto. La administración de loterías ha conocido ya tres ubicaciones diferentes en veinte metros. Los huecos que deja libres la volátil expendedora de suerte no los ocupa nadie. Con los locales de Virgen de la Capilla se puede jugar a la silla musical. Ya saben, cuando deja de sonar la canción quien no encuentra sitio abandona la partida y se retira un asiento. En el centro comercial de Jaén cada vez quedan menos candidatos para triunfar en este campeonato macabro.
En la lotería sí hay cola. Fiamos a un golpe de azar la mutación del destino. Como pasa con la ciudad, a la espera de un milagro. En el ínterin contemplo las escaleras mecánicas que una lumbrera instaló para solaz de los transeúntes. Han funcionado una o dos veces. Sugiero su conversión inmediata en tobogán. Por lo menos algún chavea se divertirá en ellas.
Están arrancando árboles frente a la calle Tablerón y en la Carretera de Granada. No me parece mal. Porque otro iluminado decidió que fueran de una especie ingrata, a la que le crecen las ramas como las espinas de un puerco espín sin dar sombra ni regocijo a la vista. La gente se ha parado para ayudarme a levantarme. No me había caído, lo cual tampoco hubiera sido difícil dado el estado de las aceras. Sucede que me había postrado de rodillas para implorar que los alcorques no se queden vacíos ad aeternum. Al explicárselo a los amables viandantes que me socorrían se ha generado una manifestación espontánea de protesta disuelta al correrse el rumor de que los bancos estaban atendiendo a los clientes en ventanilla.
Les debo, tras tanta desolación, dilectos oyentes, un epílogo de esperanza. Déjenme una semana para que rebusque una alegría callejera giennense que poder contarles.
Palabras, divinas palabras



