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Las Divinas Palabras con Ernesto Medina. Hoy: Las cabinas de teléfono

Tiempo de lectura: 2Actualizado 13:25

Cuando estudiaba en Granada a principio de los ochenta tenía un acuerdo con mis hermanos pequeños en materia de información futbolística. El domingo por la noche -¡qué tiempos aquellos en los que todos los partidos se jugaban el domingo a la misma hora!- yo llamaba a mi casa desde una cabina telefónica. Sin echar moneda, en los dos o tres segundos de cortesía, preguntaba, “¿cómo ha quedado el Jaén?”. Advertidos al otro lado de la línea, en la nueva llamada se apresuraban a decir “hemos ganado”, o cualquiera que fuese el resultado.

Las monedas se guardaban para las llamadas familiares, entrada ya la noche, porque era más barato y había que hacer menos cola. El acuerdo tácito entre los universitarios era que no valía acaparar la cabina salvo razones de fuerza mayor. Tenían indulto las conversaciones relacionadas con crisis sentimentales -el amor es el amor-, las cuales los esperantes devoraban en una violación flagrante de la intimidad de los enamorados. A cambio, hubo quien colgó el teléfono entre los aplausos, vítores y felicitaciones del público congregado.

La cabina telefónica era el acceso al calor del hogar. El conducto de las noticias importantes, “vamos este fin de semana”; “sobresaliente en morfología latina”; “¿qué queréis de comer cuando vengáis?”. Al sonar el pitido que anunciaba el final, malgastabas el tiempo extra en lo obvio, “oye, que se acaba. Un beso”, en lugar de decirles a tus padres lo importante, que los querías mucho y que agradecías sus sacrificios para que al colgar, antes de volver al piso de estudiantes, te diera para echarte una caña.

Los móviles mataron por inanición a las cabinas telefónicas. Hasta el punto de que en Jaén algunas no se utilizan ni una sola vez al mes. Las consecuencias se precipitan. Serán desmanteladas. Han muerto los auriculares que acumulaban gérmenes y olores de tantas bocas. Teléfonos en los cuales se depositaron besos para que llegasen al otro lado de la línea. También sirvieron para aporrear los cristales en un vano esfuerzo por descargar la ira y el dolor de una mala noticia o un desamor.

Sugiero que una cabina telefónica presida una rotonda, erigida monumento al recuerdo. Otras podrían utilizarse como soportes de arte urbano -Juan Carlos Machuca sabe qué hacer con ellas-. O incluso dejemos que los románticos se lleven a sus casas la cabina desde la que cada cual dijo “te quiero” la primera vez.

Palabras, divinas palabras


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